Manifestaciones físicas espontáneas. Fenómenos de Poltergeist y aportes.

Comienza Allan Kardec poniendo de relieve la gran importancia que revisten los fenómenos físicos espontáneos:
Los fenómenos que acabamos de describir –(se refiere al capítulo anterior, donde se trató del movimiento de objetos)- son provocados, aunque algunas veces ocurren en forma espontánea, sin participación de la voluntad, e incluso contra la voluntad, dado que con frecuencia se vuelven muy inoportunos. Por otra parte, lo que excluye la suposición de que esos fenómenos sean un efecto de la imaginación sobreexcitada por las ideas espíritas, es que se producen entre personas que jamás han oído hablar al respecto, y en el momento en que menos lo esperaban. Esos fenómenos, a los que se podría denominar espiritismo práctico natural, son sumamente importantes, pues no dan lugar a la sospecha de connivencia. Por eso recomendamos, a las personas que se ocupan de los fenómenos espíritas, que registren todos los hechos de ese género de los que tengan conocimiento, pero sobre todo que verifiquen con cuidado su realidad, mediante un minucioso estudio de las circunstancias, a fin de asegurarse de que no son juguetes de una ilusión o de una mistificación.
Concordamos plenamente con este texto. La contundencia de ciertos fenómenos físicos, de ese espiritismo práctico natural, aporta, debería aportar, un plus de aceptación de estos hechos. Sin embargo, tal y como Kardec apunta hay que precaverse ante las imaginaciones y los engaños; y si ello era preciso en aquel momento, aquí y ahora hay que extremar esas cautelas debido al avance tecnológico que permite simular pretendidas realidades.
¿Cuál sería el porqué de aquella fenomenología tan “ruidosa”?
Su finalidad principal era llamar la atención de las personas para que se apercibieran sin excusas de la realidad de la existencia de seres espirituales, capaces de dar señales tan evidentes. Esas manifestaciones, hoy mucho más raras, ofrecieron y siguen dándonos elementos de gran interés, para la aceptación de la presencia del mundo de las almas incorpóreas en nuestras vidas. Así, pues, es incuestionable la relevancia de esas pruebas, toscas, pero innegables.
Las manifestaciones espontáneas no siempre se limitan a ruidos y golpes, sino que algunas veces degeneran en un verdadero alboroto y en perturbaciones. Muebles y objetos diversos son derribados, proyectiles de todo tipo son arrojados desde afuera hacia adentro, puertas y ventanas son abiertas y cerradas por manos invisibles, los vidrios de las ventanas son quebrados, y todo eso no puede ser atribuido a una ilusión.
Muchas veces el desorden es real, pero en otras ocasiones sólo es aparente. Se escucha un estruendo en el cuarto contiguo, el ruido de la vajilla que cae y se rompe estrepitosamente, trozos de leña que ruedan por el piso. Las personas de la casa acuden presurosas, pero encuentran todo tranquilo y en orden. No obstante, tan pronto como se retiran del lugar, comienza nuevamente el alboroto.
Ciertamente el segundo caso mencionado sería difícilmente probatorio hoy en día, ya que como apuntábamos antes la tecnología ofrece recursos inimaginables para aparentar una realidad inexistente.
Estas manifestaciones pueden ser impulsadas por Espíritus de un orden superior al nuestro, pero ejecutadas por espíritus inferiores, para llamar la atención de los encarnados. Pero, también hay veces en que el objetivo es realizar algún tipo de venganza sobre quienes están viviendo en ese lugar.
De todas maneras, hay que seguir siempre los dictados de la prudencia y, antes de admitir la realidad del fenómeno, es preciso asegurarse que este no pueda obedecer a causas naturales.
Lo que sí es imprescindible sería la presencia, ostensible u oculta, de una mediumnidad de efectos físicos en las inmediaciones del lugar para que sea posible la producción del fenómeno. Es por esa circunstancia, señalada oportunamente por Kardec, que los poltergeists no son abundantes como podría esperarse (ya que siempre puede haber cerca algún espíritu con ánimo de molestar), si no se necesitara la presencia de alguien con este poco habitual tipo de facultad mediúmnica. A estas dificultades materiales para la concreción de estas manifestaciones hay que añadir, asimismo, la prohibición para su realización que puede imponer la espiritualidad superior en algunos casos.
En este capítulo se recomienda la que sería la mejor manera de proceder en circunstancias de este tipo: evocar mediúmnicamente al Espíritu responsable del fenómeno a fin de averiguar qué pretende con su acción. Sin embargo, esto, en la realidad, no es tan sencillo de efectuar ya que se necesita para ello una persona médium seria, experimentada y flexible. Entonces, ¿qué podría hacerse en una situación de este tipo si no se pudiera obtener ayuda mediúmnica para solventar el problema? Siempre tenemos a nuestro alcance el recurso de la oración sincera, de la ayuda mental voluntariosa y de trabajos de lectura y comentario de textos moralizadores, en voz alta, realizados de manera sistemática y paciente. Con estas actuaciones se da información correcta a esos espíritus y, con la perseverancia en las mismas, se les puede convencer de lo equivocado de su proceder. Tampoco se puede descartar una solución drástica, que sería marcharse del lugar, aunque ello no siempre es efectivo (el espíritu puede acompañar a sus víctimas), ni tampoco soluciona el problema existente en ese sitio.
(…) señalada oportunamente por Kardec, que los poltergeists no son abundantes como podría esperarse (ya que siempre puede haber cerca algún espíritu con ánimo de molestar), si no se necesitara la presencia de alguien con este poco habitual tipo de facultad mediúmnica.
Fenómenos de los aportes
Vamos a completar este artículo hablando de uno de los fenómenos de efectos físicos más curiosos, raros y notables: el fenómeno de los aportes. Consideremos algunas precisiones de Kardec a este respecto:
Consiste en el aporte espontáneo de objetos que no existen en el lugar donde están los observadores. Casi siempre se trata de flores, a veces frutos, confituras, joyas, etc.
Digamos, para comenzar, que este fenómeno es uno de los que más se prestan a la imitación y, por consiguiente, debemos estar prevenidos contra la superchería. Sabemos hasta dónde puede llegar el arte de la prestidigitación en lo relativo a experiencias de este género. No obstante, aunque no tengamos que luchar con un profesional, podremos fácilmente ser engañados por una maniobra hábil e interesada.
Por lo tanto, hay que tener siempre cuidado, cuidado y cuidado. En espiritismo no podemos permitirnos aceptar cualquier fenómeno del que no estemos razonablemente seguros de su realidad, ya que el perjuicio que se puede producir excede con mucho a la satisfacción de presentar una pretendida demostración aparentemente probatoria.
Hoy en día muy poco se habla de estas manifestaciones, pero conviene saber lo más básico sobre ellas para poder enjuiciar convenientemente alguna que se nos refiera.
En primer lugar, hay que tener en cuenta que son fenómenos individuales; es decir, se producirá por la acción de un único espíritu con el concurso de un único médium. Además, parece que la cantidad de recurso energético proporcionado por el médium ha de ser muy abundante (lo que Kardec y sus colaboradores denominaban fluido animalizado), por lo que no todos los médiums de efectos físicos serán idóneos para este tipo de experiencias.
¿Cómo proceden los espíritus para introducir un objeto en un lugar cerrado?
El Espíritu “envuelve” y así “invisibiliza” el objeto a aportar con el conjunto formado por sus propios recursos energéticos y el fluido animalizado del médium. Cuando llega el momento de mostrar el objeto, simplemente retira esa combinación envolvente y el objeto queda a la vista. En principio se podría aportar cualquier objeto; pero, dado que el espíritu, con su acción, logra anular el efecto de la gravedad para ese objeto, se evidencia que cuánto más pesado sea más recursos se necesitarán por parte del espíritu, así como mayor cantidad de fluido animalizado del médium. O sea que tampoco cualquier espíritu será capaz de efectuar esta tarea con éxito, ya que para él representa un gran esfuerzo cuasi físico.
Allan Kardec formula una pregunta muy relevante al espíritu Erasto (quien colaboraba en las reuniones de la Sociedad de París):
¿Es posible que un objeto sea aportado en un lugar completamente cerrado? En una palabra, ¿el Espíritu puede espiritualizar un objeto material, de modo que este penetre la materia?
“Esta cuestión es compleja. El Espíritu puede volver invisibles los objetos que aporta, pero no penetrables. No puede romper la agregación de la materia, porque implicaría la destrucción del objeto. Al volverlo invisible, el Espíritu puede aportarlo cuando quiera, y desprenderlo sólo en el momento oportuno, para hacerlo aparecer.”
Evidentemente no es posible “espiritualizar” la materia. Kardec quiere indicar si sería posible una transformación temporal de ese objeto para lograr que sea penetrable. Sin embargo, como matiza el espíritu no es posible dotar con esa característica al elemento a aportar. Por lo tanto, realmente, ese será más un fenómeno de transporte de algo material, invisibilizado e introducido a través de cualquier abertura física de la habitación donde se concrete esa manifestación, que no un aporte a un lugar totalmente cerrado e impenetrable. No obstante, a ese respecto, Erasto hace la siguiente afirmación:
Las cosas suceden de otro modo con relación a los objetos que nosotros componemos. Como sólo introducimos en ellos los elementos de la materia, y dado que esos elementos son esencialmente penetrables, y que nosotros mismos penetramos y atravesamos los cuerpos más condensados con la misma facilidad con que los rayos solares atraviesan los vidrios, podemos perfectamente decir que hemos introducido el objeto en un lugar, por más cerrado que esté. Pero eso sólo sucede en este caso.
O sea, un genuino fenómeno de aportes comportaría que el Espíritu formara por sí mismo ese objeto que, al estar constituido de “materia mental”, entonces sí que tendría la propiedad de la penetrabilidad en un lugar completamente cerrado. Todo ello hace aún más excepcional que ocurra realmente un hecho de esta índole.
Podríamos pensar que, ante la espectacularidad de estas manifestaciones, si hubiera una proliferación de esta fenomenología, ello bastaría para convencer a los escépticos. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.
”Me diréis, por cierto, que esos fenómenos son útiles para convencer a los incrédulos. Pero sabed que, si no dispusierais de otros medios de convicción, hoy no contaríais ni con la centésima parte de los espíritas que existen. Hablad al corazón, pues por ahí lograréis el mayor número de conversiones serias. En caso de que juzguéis conveniente, para ciertas personas, el empleo de hechos materiales, al menos presentadlos en circunstancias tales que no puedan dar lugar a ninguna interpretación falsa y, sobre todo, no os apartéis de las condiciones normales de esos hechos, porque si se los presenta en malas condiciones proporcionan argumentos a los incrédulos, en vez de convencerlos.”
Así, pues, lo que afecta al sentimiento, aquello que da respuestas racionales, lo que ayuda a entender el verdadero objetivo de la Vida, realmente es lo que puede convencer a los más recelosos. La fenomenología material, para quien no quiere convencerse, sería tomada posiblemente por una superchería o un truco de prestidigitación. En cambio, lo que toca a la razón y a la emoción tiene unos efectos mucho más directos y convincentes. Realmente la Filosofía y la Ética espiritista tienen esta característica. Por cierto, sin que esto implique un menosprecio de esas llamativas manifestaciones físicas, las cuales, evidentemente, tienen su razón de ser.