Paciencia y Bondad

Si la soberbia es madre de una multitud de vicios, la caridad da nacimiento a muchas virtudes. La paciencia, la dulzura y la reserva en las conversaciones derivan de ella. Al hombre caritativo le es fácil ser paciente y dulce y perdonar las ofensas que le son hechas. La misericordia es compañera de la bondad. Un alma elevada no puede conocer el odio ni practicar la venganza. Se cierne por encima de los bajos rencores; ve las cosas desde lo alto. Comprendiendo que los errores de los hombres no son más que el resultado de su ignorancia, no concibe la hiel ni el resentimiento. Sólo sabe perdonar, olvidar las equivocaciones del prójimo, aniquilar todo germen de enemistad, borrar toda causa de discordia en el porvenir, tanto en la Tierra como en la vida del Espacio.
La caridad, la mansedumbre, el perdón de las injurias nos hace invulnerables, insensibles a las bajezas y a las perfidias. Provocan nuestra emancipación progresiva de las vanidades terrenales, y nos acostumbran a dirigir nuestras miradas hacia las cosas a las cuales la decepción no puede alcanzar.
Perdonar es el deber del alma que aspire a los cielos elevados. ¿Cuántas veces no tenemos necesidad nosotros mismos de ese perdón? ¿Cuántas veces no lo hemos pedido? ¡Perdonemos, con el fin de que seamos perdonados! No podríamos obtener para nosotros lo que rehusásemos a los demás. Si queremos vengarnos, que sea por medio de buenas acciones. El bien hecho a quien nos ofende desarma a nuestro enemigo. Su odio sé cambia en asombro, y su asombro en admiración. Despertando su conciencia adormecida, esta lección puede producir en él una impresión profunda. Por este medio, quizá iluminándola, hayamos arrancado un alma a la perversidad.
El único mal que se debe señalar y combatir es el que recae sobre la sociedad. Cuando se presenta bajo la forma de la hipocresia, de la duplicidad, de la mentira, debemos desenmascararlo, pues otras personas podrían sufrirlo; pero es hermoso guardar silencio acerca de lo que atañe sólo a nuestros intereses o a nuestro amor propio. La venganza, bajo todas sus formas el duelo o la guerra, es el vestigio del salvajismo primitivo, la herencia de un mundo bárbaro y atrasado. El que haya entrevisto el encadenamiento grandioso de las leyes superiores, de ese principio de justicia cuyos efectos repercuten a través del tiempo, ¿puede pensar en vengarse?
Vengarse es hacer dos faltas, dos crímenes de uno solo: es hacerse tan culpable como el ofensor mismo. Cuando el ultraje o la injusticia nos hieran, impongamos silencio a nuestra dignidad herida, pensemos en aquelíos que, en el pasado oscuro, fueron ofendidos, ultrajados, expoliados por nosotros mismos, y soportemos la injuria como una reparación. No perdamos de vista la finalidad de la existencia, que tales accidentes nos harían olvidar. No abandonemos el camino recto y seguro; no nos dejemos arrastrar por la pasión hacia pendientes peligrosas que nos conducirían a la bestialidad; ascendamos, más bien, por estas pendientes con gran valor. La venganza es una locura que nos haría perder el fruto del bien, de los progresos, retroceder en el camino recorrido. Algún día, cuando hayamos abandonado la Tierra, tal vez bendigamos a aquellos que fueron duros y despiadados con nosotros, que nos despojaron y nos llenaron de amargura; les bendeciremos, porque de sus iniquidades habrá salido nuestra felicidad espiritual. Creían habernos hecho mal, y facilitaron nuestro adelanto y nuestra elevación, al proporcionarnos la ocasión de que sufriésemos sin murmurar, perdonando y olvidando. La paciencia es aquella cualidad que nos enseña a soportar con calma todas las contrariedades. No consiste en extinguir en nosotros toda sensación, en dejarnos indiferentes e inertes, sino en buscar más allá de los horizontes del presente los consuelos que nos hacen que consideremos como fútiles y secundarias las tribulaciones de la vida material.
La paciencia conduce a la benevolencia. Como si fuesen unos espejos, las almas nos envían el reflejo de los sentimientos que nos ispiran. La simpatía llama a la simpatía, y la indiferencia engendra la acritud.
Sepamos, cuando sea necesario, reprender dulzura, discutir sin exaltación, juzgar todas las cosas con moderación y benevolencia; huyamos de todo lo que apasiona y sobreexcita.
Guardémonos, sobre todo, de la cólera, que es el despertar de todos los instintos salvajes amortiguados por el progreso y la civilización, una reminiscencia de nuestras vidas oscuras. En todo hombre, la bestia subsiste aún en ciertos aspectos: la bestia que debemos domar a fuerza de energía, si no queremos ser dominados y esclavizados por ella. En la cólera, esos instintos adormecidos se despiertan y hacen una fiera del hombre. Entonces, se desvanecen toda dignidad, toda razón y todo respeto de uno mismo. La cólera nos ciega, nos hace perder la conciencia de nuestros actos, y, en sus furores, puede conducirnos hasta el crimen.
La naturaleza del hombre sensato consiste en contenerse siempre, y la cólera es indicio de un carácter atrasado. El que sienta inclinación a ella, deberá velar con cuidado por sus emociones, ahogar en sí el sentimiento de la personalidad, procurar no hacer ni dar nada, en tanto que se sienta bajo el imperio de esa pasión temible.
Esforcémonos en adquirir la bondad, cualidad inefable y aureola de la vejez; la bondad, que supone para su poseedor ese culto del corazón, rendido por los humildes y los débiles a sus sostenes y a sus protectores.
La indulgencia, la simpatía y la bondad apaciguan a los hombres, los atraen hacia nosotros, los disponen a prestar a nuestra opinión oído confiado, en tanto que la severidad les rechaza y les aleja. La bondad nos crea así una especie de austeridad moral sobre las almas, nos proporciona más medios de conmoverlas y de orientarlas hacia el bien. Hagamos, pues, de esta virtud una antorcha con cuya ayuda podamos llevar la luz a las inteligencias más oscuras, tarea delicada, pero que hará más fácil un poco de amor hacia nuestros hermanos unido al sentimiento profundo de la solidaridad.
León Denis – El Camino Recto ┃ Concepto espírita de la ley moral