Platón

El árbol se conoce por sus frutos. Toda acción debe caracterizarse por lo que produce: debe llamarse mala cuando produce el mal, y buena cuando produce el bien. Estas palabras pueden sonar a palabras del Señor Jesús a cualquiera que haya leído el Evangelio.
Sin embargo, fueron escritas y dadas al mundo siglos antes de Jesús por Platón, filósofo griego discípulo de Sócrates. Nació en el año 428 ó 427 a.C., en la ciudad de Atenas, Grecia. Perteneciente a la alta aristocracia, hacia los 20 años conoció y entabló amistad con el filósofo Sócrates, a quien acompañó hasta sus últimos días y de quien escribió sus enseñanzas, gracias a las cuales han llegado hasta nuestros días.
Viajó a Egipto y al sur de Italia. En Sicilia, asistió a la corte de un tirano de Siracusa llamado Dionisio. Deseoso de influir en la política de la ciudad, acabó siendo incompatible con Dionisio, que lo hizo vender como esclavo en la isla de Egina, que estaba en guerra con Atenas. Rescatado, regresó a su ciudad natal donde, a los cuarenta años, fundó la Academia, en la que enseñó hasta el final de sus días terrenales.
Es fácil comprender por qué él y Sócrates son considerados precursores de la idea cristiana y del Espiritismo, con sólo leer algunos de sus escritos. La obra de Kardec El Evangelio según el Espiritismo presenta breves pasajes que se refieren a la concepción de los dos filósofos griegos sobre el alma, su progreso, la reencarnación, el mundo de los espíritus y sus habitantes, así como las virtudes más exaltadas, trazando un paralelo entre esas ideas, las de Cristo y, consecuentemente, los principios fundamentales del Espiritismo.
Considerado uno de los filósofos más influyentes de todos los tiempos, ya que su pensamiento dominó la filosofía cristiana antigua y medieval, sus escritos nos legaron el pensamiento socrático, así como conmovedores relatos de los últimos días de su maestro. También fue el creador personal del diálogo filosófico, una especie de drama de las ideas.
Su obra El Banquete está considerada una de las más grandes de la literatura antigua. Como poeta, su estilo es el punto más alto de la prosa griega y lo demuestra en sus poemas en prosa sobre el mito de la caverna, la Atlántida y Eros.
Escribió: El amor está en todas partes en la Naturaleza, que nos invita a ejercitar nuestra inteligencia; incluso en el movimiento de las estrellas lo encontramos. Es el amor el que adorna la naturaleza con sus ricas alfombras; se adorna a sí mismo y se instala allí donde encuentra flores y perfumes. Es también el amor el que da la paz a los hombres, la calma al mar, el silencio a los vientos y el sueño al dolor.
Las obras de Platón tratan de la mentira, la naturaleza del hombre, la piedad, el deber, la belleza, la sabiduría, la justicia, el valor, la amistad y la virtud. En el libro VII de La República, presenta el famoso mito de la caverna: encadenados en el interior de una prisión subterránea y de espaldas a la entrada por la que penetra la luz, los que allí están atrapados sólo pueden ver las sombras que proyectan los hombres, los animales y todo lo que hay fuera de la caverna.
Un hombre que consigue liberarse queda deslumbrado por la luz del sol del exterior y descubre que todo lo que había visto hasta entonces era irrealidad. Allí estaba el mundo real. Sin embargo, si regresa al interior y desea transmitir lo que ha visto a los demás, que siguen prisioneros, siente que corre el riesgo de ser maltratado e incluso asesinado. Esta es exactamente, según Platón, la misión del filósofo.
Desencarnado, lleno de lucidez y fuerza creadora, a los 80 años, de la Espiritualidad, uniéndose a tantos otros Espíritus de calibre intelectual y moral, Platón prosigue su misión, revelando los matices del mundo espiritual, el mundo del sol cegador, el mundo real, verdadero.
Su nombre es mencionado en los Prolegómenos de El Libro de los Espíritus; firma uno de los pasajes de la respuesta a la pregunta 1009 de la misma obra, donde, hablando de la inexistencia de las penas eternas, recuerda las exhortaciones de Sócrates, cuando, en su época, presentaba el alma migrando por múltiples existencias, seguidas de períodos más o menos largos de erraticidad.
Y concluye: Humanidad, no hundas tus tristes ojos en las profundidades de la tierra, buscando allí el castigo. Llora, espera, expía y refúgiate en la idea de un Dios intrínsecamente bueno, absolutamente poderoso y esencialmente justo.