Barón Johann Ludwig de Guldenstubbé

Este gran paladín del Espiritismo fue un importante trabajador de las primeras horas del Espiritismo, un gran investigador del alma y cuyas obras también fueron quemadas en España por la Santa Inquisición el 9 de octubre de 1861 en el conocido AUTO DE FE EN BARCELONA. El barón Johann Ludwig Guldenstubbé, que dejó la vida el 27 de mayo de 1873, en su residencia de París, calle de Trévise 29, a los 53 años de edad, fue conocido principalmente por sus investigaciones y experiencias en pneumatografía. De origen sueco, pertenecía a una antigua familia escandinava de renombre histórico; dos de sus antepasados del mismo nombre fueron quemados vivos en 1309, junto a Jaques de Molav, por orden del papa Clemente IV. El barón llevaba una vida retirada, en compañía de su virtuosa hermana. Su memoria es afectuosamente respetada por su conducta noble, urbana y benévola, y por sus numerosos actos de modesta caridad. Se dedicó sobre todo a las experiencias de la escritura directa en Francia, donde obtuvo el 13 de agosto de 1856 el primer éxito en esta modalidad de comunicación espiritista. Escribió el libro titulado “La Réalité des Spirites et de leurs Manifestations” (La realidad de los espíritus y de sus manifestaciones), así como la obra “Pensées d’outre-tombe” (1858). En pocos años de trabajos experimentales, el barón obtuvo un número considerable de escrituras directas, algunas logradas sin la ayuda de lápiz, papel o pizarra. Los propios espíritus comunicantes transportaban el material necesario para la obtención de los mensajes. “Estos fenómenos”, dice él, “están ahora asentados sobre la base sólida de los hechos, permitiendo que de ahora en adelante consideremos la inmortalidad del alma como un hecho científico, y el Espiritismo como un puente tendido entre este mundo y lo Invisible.”
Escritura Directa
El barón de Guldenstubbé fue el primero que obtuvo en Francia la escritura directa. He aquí cómo relata el hecho (“La Réalité des Esprits”, págs. 66 y 67): “En un bello día (1.º de agosto de 1856), se le ocurrió la idea de experimentar si los Espíritus podían escribir directamente, sin la ayuda de un médium. Conociendo la escritura directa misteriosa del Decálogo, según Moisés, la escritura igualmente directa y misteriosa en la sala del festín del rey Baltasar, según Daniel, y habiendo oído hablar de los misterios modernos de Straford, en América, donde se hallaron ciertos caracteres ilegibles y extraños trazados en un trozo de papel y que no parecían provenir de los médiums, el autor quiso cerciorarse de la realidad de un fenómeno cuyo alcance sería inmenso, si fuese verdadero. “Colocó, por tanto, una hoja de papel en blanco y un lápiz afilado dentro de una cajita cerrada con llave, guardando siempre esta llave consigo y sin comunicar a nadie su experiencia. Durante doce días esperó inútilmente, sin observar el menor trazo de lápiz en el papel; pero el 13 de agosto de 1856 su asombro fue grande cuando notó ciertos caracteres misteriosos en el papel; en cuanto ocurrió este hecho, repitió diez veces la experiencia en el mismo día, para siempre memorable, colocando, al cabo de cada media hora, una nueva hoja de papel en blanco en la cajita. La experiencia fue coronada con éxito completo. “Al día siguiente, 14 de agosto, realizó de nuevo unas veinte experiencias, dejando la cajita abierta y sin perderla de vista; vio entonces que caracteres y palabras en lengua estonia se formaban o quedaban grabados en el papel, sin que el lápiz se moviera. Desde entonces, al ver la inutilidad del lápiz, dejó de ponerlo sobre el papel; y colocando simplemente una hoja de papel dentro de un cajón en su casa, obtuvo también comunicaciones.” (Al final de la obra del barón se encuentran facsímiles de estas escrituras). El barón de Guldenstubbé repitió la experiencia en presencia del conde d’Ourches, y este obtuvo una comunicación de su madre, cuya firma y letra fueron reconocidas como auténticas al compararlas con los autógrafos que el conde poseía. A estos primeros ensayos siguieron muchos otros, y el autor adquirió la certeza de que no era él quien escribía en estado sonambúlico, como creyó al principio.