Fernando Miramez de Olivídeo

Miramez era hijo de una pareja de nobles que vivía en el norte de España. Su madre era francesa y su padre portugués. Inteligente y estudioso, desde muy temprana edad se interesó por el descubrimiento de las Américas, donde, en varias ocasiones, se veía desembarcando en puertos que consideraba benditos. Miramez era íntimo de Felipe IV, rey de España, quien conocía sus principios de integridad y alta moral. Sin embargo, para el rey, Fernando tenía deficiencias que pretendía corregir: era reacio a las guerras, repudiaba la violencia y apoyaba los derechos de los pueblos y, sobre todo, de los individuos. Por eso lo designó, con poderes de jefe de Estado, como «los oídos del rey y la boca de España» en las Tierras de Santa Cruz, con el fin de seguir de cerca la acción colonialista de Portugal en América. La misma noche en que el rey le hizo la invitación, Miramez sintió que algo que llevaba mucho tiempo acariciando en su alma comenzaba a hacerse realidad. En un sueño tranquilo, fue llevado en un viaje astral a las tierras donde pronto desembarcaría. Al día siguiente se despertó tarareando, envuelto en una extraña alegría, de esas que suelen acompañar a todos los que piensan, viven y actúan en pro del bien de la humanidad.
Así, un día del año 1649, cuando reinaba en Roma Inocencio X, desembarcaba en la costa de Brasil, en secreto, en calidad de turista, el enviado del rey de España. Amable y sociable, dominaba muchos idiomas y, ya en el barco que lo transportaba a la playa, se relacionó con los remeros esclavos. Un hecho notable a su llegada fue que varios indígenas que se encontraban en la playa se acercaron a él como para darle la bienvenida, mientras que el brujo de la tribu señalaba a su derecha y exclamaba: «¡Babagi! ¡Babagi!». En la tradición indígena, Babagi era la deidad responsable de la curación realizada a través de los pajés de cada tribu. Era, en realidad, una entidad espiritual que acompañaba a Miramez. Pronto se sintió rodeado por sus nuevos amigos, que veían en él la posibilidad de aliviar los sufrimientos y persecuciones que padecían bajo el dominio de los invasores extranjeros. En poco tiempo, Fernando ya había asimilado los diversos dialectos indígenas y africanos, moviéndose con soltura entre los humildes.
Una noche, mientras contemplaba las estrellas, le invadió un fuerte recuerdo de su lejana patria, donde poseía innumerables y valiosos bienes, entre propiedades y tierras. Mientras meditaba si debía regresar a España, sintió una voz suave, como nacida dentro de su conciencia, que le recomendaba hacer lo que el joven rico mencionado en el Evangelio se negó a hacer cuando Jesús le aconsejó que se deshiciera de sus bienes antes de seguirlo (Mateo, XIX: 16-24; Lucas XVII: 18-25; Marcos X: 25): «Ve, vende todos tus bienes, distribúyelos entre los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme». Sorprendido, sentía que conocía esa voz, pero ¿de dónde? Le parecía que ya la había oído antes, pero ¿cuándo? Se sentía perdido en el océano de los siglos.
Sin embargo, la voz se hizo oír de nuevo. «Fernando, ¡puedes vender todas tus posesiones en España y distribuir el dinero entre los necesitados de tu patria! Los de aquí, que necesitan pasar por procesos renovadores, necesitan más tu riqueza mental, el resultado de tus manos laboriosas, el tesoro almacenado en tu corazón y tu presencia reconfortante». Miramez envió entonces un poder a sus amigos de confianza, autorizándoles a disponer de sus bienes y distribuir el resultado entre los necesitados y los que sufrían en la Península Ibérica, pasando a vivir con la conciencia tranquila y realizando una importante labor de mediación. Algunos indios y negros no se llevaban bien, hostigándose mutuamente. Trabajando arduamente por el acercamiento y la convivencia de las dos razas, en poco tiempo sus esfuerzos dieron resultado: indios y negros comenzaron a celebrar juntos sus tradiciones, unidos por los lazos del ideal, la amistad y el sufrimiento. Miramez comenzó entonces a frecuentar el grupo de catequistas europeos, ya que allí encontró un campo propicio para la práctica de sus ideales. Como resultado de su trabajo y esfuerzo conjunto, en 1680 se promulgó la ley de protección de los indígenas.
Su muerte se produjo en un ambiente de gran serenidad. Los negros y los indígenas catequizados formaban una larga fila para besar las manos que tanto les habían ayudado. Mientras aún estaba lúcido, Miramez los bendijo, uno por uno. En sus últimos momentos, Fernando Miramez de Olivídeo percibió la presencia de su madre amorosa, así como de una entidad sublime que prefirió no identificar, por considerar que no merecía tal honor. Con lágrimas en los ojos, Miramez se desprendió del vaso físico y, ya fuera de él, lloró de felicidad y agradecimiento por haber entrado en Brasil por las puertas del amor y la caridad, que le fueron abiertas por Jesús.