Persona, en la visión espírita

Para la Doctrina Espírita, el valor de la persona humana está enclavado en el propio origen de la vida, porque ésta sólo puede ser explicada a través de la Planificación Inteligente, que nos lleva al Gran Planificador y a considerarla como un bien otorgado e indisponible.
Hoy, como todos los avances de las Ciencias de la Vida, los investigadores nunca crearon vida en laboratorio y no consiguen explicar, por la simple casualidad, como es que los átomos se transforman en hombres, siguiendo caminos tan ingeniosos que el propio científico tiene tanta dificultad para descubrir.
Es muy difícil explicar el funcionamiento de estructuras sofisticadas, como, por ejemplo, el ojo humano y la coagulación sanguínea, mostrando, paso a paso, como se juntaron, por obra de la casualidad, sustancias químicas tan especializadas, en perfecta armonía, en las reacciones bioquímicas más complejas de las cuales participan. Del mismo modo, es necesario recordar de todas las otras respuestas que todavía no fueron dadas por la Ciencia, inclusive, la del origen de la extraordinaria maquinaria celular.
Hoy, los argumentos, a favor de la vida otorgada e indispensable, vienen de la propia Ciencia. Lo sacra de la Vida, por tanto, se origina del principio espiritual. Creación divina e inmortal, él inicia la biogénesis en los cristales, individualizándose, en cada nueva existencia, a lo largo de la escala filogenética, hasta envergar, finalmente, el cuerpo humano, maquinaria fantástica, construida por él mismo con la ayuda de los Genios Constructores.
Con esa visión mucho más amplia y global del Ser Humano, se comprende que el Espíritu, que lo anima, ya fue lapidado por el tiempo, no es creado, por lo tanto, en el instante de la concepción, el Espíritu se vincula al nuevo cuerpo, con la finalidad de empezar un nuevo proyecto existencial.
Según informaciones espirituales, no siempre el cigoto o el embrión inicial tiene un Espíritu presidiendo su formación, porque el óvulo y el espermatozoide puede unirse, sin la presencia del alma, tan sólo por impulsos magnéticos biológicos. En ese caso la propia naturaleza se incumbe de descartar el embrión malformado, sin necesidad de interferencia indebida del hombre.
Cuando se trata de un embrión fabricado en laboratorio, es necesario estar atento, porque existe la posibilidad de que algún filamento periespiritual pueda unirse a él. En ese caso, los investigadores espíritas necesitan desarrollar tecnologías más sofisticadas, todavía inexistentes, para saber si eso ocurre, y puede, de esa forma, trabajar en embriones no comprometidos. Sin ello, es difícil cualquier interferencia.
Si hubiera, sin embargo, un feto o un cuerpo humano en gestación, existe, ahí, un Espíritu responsable de su formación y todos sus derechos deben ser preservados. La regla, por tanto, es no interferir.
Cuerpo físico, Envoltorios Sutiles y Espíritu tienen funciones bien definidas, cabiendo al ser inmortal el cuidado con todos sus elementos constitutivos. Cada Espíritu es responsable de su propia evolución. El Maestro Jesús mostró el camino a toda la humanidad, compete, a cada individuo, vivir y ejemplificar las lecciones del amor universal, viviendo los principios de la caridad y de la solidaridad en su vida diaria.
Por todo cuanto vimos, para la Doctrina Espírita, la persona tiene una dignidad intrínseca, ontológica, conferida por la presencia del alma, elemento inmortal, de origen divina, que necesita del cuerpo físico para aprender y evolucionar, en continuo progreso.
No importa si el ser está consciente o no; si es feto o enfermo en coma, él es una persona y como tal debe ser respetada, por lo que es intrínsecamente. Son, por tanto, inaceptables el aborto, el infanticidio, la manipulación de embriones para sus fines eugénicos, la eutanasia, etc.
En un último análisis, la Vida es un Bien otorgado, indisponible. Y esa verdad tiene su base de sustentación en la propia Ciencia, debiendo, como tal, ser reconocida, orientando la conducta ética del hombre.