Naturaleza de la mediumnidad

Se llama mediumnidad el conjunto de facultades que permiten al ser humano comunicarse con Mundo Invisible. El médium goza por anticipado de los medios de percepción y de sensación que pertenecen más bien a la vida del espíritu que a la del hombre. Por eso tiene el privilegio de servir de lazo de unión entre ellos.
Hemos de ver en este estado el resultado de la ley de evolución y no un efecto regresivo, o una tara como creen ciertos fisiólogos que comparan a los médiums con histéricos y enfermos. Su error proviene, de que la gran sensibilidad, la impresionabilidad de ciertos sujetos provoca en su organismo físico perturbaciones sensoriales y nerviosas; pero éstas son excepciones que sería erróneo generalizar porque la gran mayoría de los médiums poseen una buena salud y un perfecto equilibrio mental.
Toda la extensión de las percepciones del alma es una preparación para una vida más amplia y más elevada, una salida abierta a un horizonte más vasto. Desde este punto de vista las mediumnidades, en conjunto, representan una fase transitoria entre la vida terrestre y la vida libre del espacio.
El primer fenómeno de este género que llamó la atención de los hombres fue la visión. Por ella se revelaron desde el origen de los tiempos la existencia del mundo del Más Allá y la intervención entre nosotros de las almas de los difuntos. Estas manifestaciones, al repetirse, han dado nacimiento al culto de los espíritus, punto de partida y base de todas las religiones. Después las relaciones entre los habitantes de la Tierra y los del espacio se establecieron de las más diversas y variadas formas, que se han desarrollado a través de las edades bajo distintos nombres, pero todas parten de un principio único. Por medio de la mediumnidad siempre ha existido un lazo entre ambos mundos, una vía trazada por la cual el alma recibía revelaciones gradualmente más elevadas acerca del bien y del deber, luces cada vez más vivas sobre sus destinos inmortales.
Los grandes espíritus, por efecto de su evolución, adquieren conocimientos progresivamente más amplios y se convierten en instructores, en guías de los humanos cautivos en la materia… La Autoridad y el prestigio de sus enseñanzas quedan realzados aún más por las profecías, las previsiones que les preceden o les acompañan.
En otra parte, hemos estudiado detalladamente los diferentes géneros de mediumnidad de los fenómenos que producen. Allí puede verse cómo se estableció la comunión de los vivos y los muertos; cómo se constituye esa frontera ideal donde las dos humanidades, una visible e invisible la otra, se ponen en contacto; cómo gracias a esa penetración se extiende y se precisa nuestro conocimiento de la vida futura, la noción que poseemos de las leyes morales que la rigen, con todas sus consecuencias y sanciones.
Por todos los procedimientos medianímicos los espíritus superiores se esfuerzan en atraer al alma humana de las profundidades de la materia hacia las altas y sublimes verdades que rigen al Universo, para que se imbuya de los altos fines de la vida y encare la muerte sin terror, para que aprenda a desprenderse de los bienes pasajeros de la Tierra y prefiera los bienes imperecederos del espíritu.
A los espíritus superiores se unen las almas amantes de los parientes difuntos, cuya solicitud sigue extendiéndose sobre nosotros y nos asiste en nuestras dolorosas luchas contra la adversidad y contra el mal. Así la mediumnidad bien ejercida se convierte en un manantial de luces y consuelos. Por su intermedio las voces de lo alto nos dicen:
«Escuchad nuestras llamadas, vosotros que buscáis y lloráis; no estáis abandonados. Hemos sufrido para lograr establecer un medio de comunicación entre vuestro mundo olvidadizo y nuestro inundo del recuerdo. La mediumnidad ya no se verá envilecida, menospreciada, maldita, porque los hombres no podrán ya desconocerla. Ella es el único lazo posible entre los vivos y nosotros, a quienes nos llamáis muertos. ¡Esperad: no dejaremos cerrarse la Puerta que hemos entreabierto para que en medio de vuestras dudas y vuestras inquietudes pudieseis entrever las claridades celestes!»
Después de haber mostrado el gran papel de la mediumnidad, conviene señalar las dificultades que halla su aplicación. En primer lugar diremos que son escasos los buenos médiums. No porque falten facultades notables, sino que a menudo quedan sin utilidad práctica por falta de estudios serios y profundos. Muchos médiums se ocultan en los círculos íntimos, en las reuniones familiares, al abrigo de las exigencias exageradas y los contactos desagradables. ¡Cuántas jóvenes de organismo delicado, cuantas señoras que conocemos, retraídas por el temor a la crítica y las malas lenguas, ahogan y pierden hermosas facultades medianímicas por no emplearlas bien, con una buena dirección!.
Los adversarios del Espiritismo siempre se han dedicado a denigrar a los médiums acusándolos de fraude, procurando hacerles pasar por neuróticos y tratando por todos los medios de apartarlos de su misión; sabiendo que el médium es condición esencial del fenómeno, esperan de este modo destruir el Espiritismo en sus mismos cimientos. Es importante que hagamos fracasar esta táctica y, para ello, hemos de dar ánimo y ayuda a los médiums, rodeando el ejercicio de sus facultades de todas las precauciones necesarias.
La guerra ha segado millones de vidas en plena juventud y virilidad. Las epidemias, los azotes de todas clases han dejado enormes vacíos en el seno de las familias. Todos estos espíritus innumerables tratan de manifestarse a aquellos a quienes han amado en la Tierra, para probarles su afecto, su ternura, para secar sus lágrimas, para calmar sus dolores. Por otra parte, las madres, las viudas, las novias, los huérfanos tienden sus manos y sus pensamientos hacia el cielo en la angustiosa espera de noticias de sus muertos, ávidos de recoger pruebas de su presencia, testimonio de su supervivencia.
Casi todos poseen facultades latentes e ignoradas que podrían permitirles entablar relaciones con sus difuntos. Por todas partes existen posibilidades de establecer un lazo entre estas dos multitudes de seres que se buscan, se atraen y desean fundir sus sentimientos y sus corazones en una común armonía. El Espiritismo y la mediumnidad es lo único que puede realizar esta dulce y santa comunión y traer a todos la paz y la serenidad del alma que da fortaleza y convicción.
Es, sobre todo, entre esas víctimas de la guerra cruel, en el seno del pueblo, entre los humildes, los pequeños, los modestos donde hay que buscar los recursos psíquicos que permitan a nuestros amigos del espacio proporcionarnos pruebas de la persistencia de su vitalidad y la prenda de nuestra reunión futura. ¡Cuántas facultades duermen silenciamiento en el fondo de esos seres esperando la hora de abrirse, de florecer, de producir frutos de verdad y de belleza moral!
En este aspecto, grande es la tarea que incumbe a los espíritus esclarecidos, a los abnegados, creyentes, a los apóstoles de la gran doctrina. Su deber es sacudir la indiferencia de unos, la apatía de otros, ir al encuentro de todos esos agentes oscuros de la obra de renovación, instruirlos, poner en acción los resortes escondidos las riquezas insospechadas que poseen y conducirlos al fin señalado. Para cumplir esta tarea hay poseer ciencia y fe. Gracias a esta última y por análogos procedimientos, los apóstoles de los primeros tiempos cristianos han suscitado en su derredor los milagros, y, con ellos el entusiasmo religiosos que debía transforma la faz del globo.
En nuestros días, es necesario no solo la fe ardiente, sino también el c conocimiento de las leyes precisas que rigen los mundos visibles e invisible, con el fin de facilitar su armonía, su reciproca interpretación, separando de la experimentación los elementos de error, de perturbación y de confusión.
En un adiestramiento gradual veremos ensancharse el círculo de las percepciones y de las sensaciones psíquicas, y quedará evidenciada la más imponente certeza de la perennidad del principio vital que nos anima.
El alma humana aprenderá a conocer las sombras y los esplendores del Más Allá y en este conocimiento, hallará una tregua para sus dolores y un manantial de fuerzas en la desgracia y frente a la muerte.