La Luz de la Razón y el poder de la fe

El concepto religioso de la Fe como gracia especial, concedida por Dios a los creyentes de una determinada religión, pertenece al pasado. Ese concepto equivale a una interpretación profundamente injusta de la Justicia Divina. La Fe es un don, sin duda, pero la donación de Dios es siempre universal, nunca se procesa en la medida estrecha de los hombres. Dios es el Creador y nosotros somos sus criaturas. Eso quiere decir que Dios es el Padre y nosotros somos sus hijos. ¿Cómo podría el Padre Supremo, que es fuente de todo el amor, de toda misericordia, conceder sólo a algunos de sus hijos el don fundamental de la Fe, sin el cual el hombre no podría elevarse a Él?
El concepto de la Fe, establecido por el Espiritismo, coloca el problema en términos claros y precisos. La Fe, como don natural, está presente en el corazón de todas las criaturas humanas. A semejanza del amor, que todos traemos en germen dentro de nosotros, la Fe precisa germinar en nuestro corazón y ser cultivada por nosotros a la luz de la Razón. Así, la Fe nos es dada como semilla, pero tenemos que cultivarla y desarrollarla. En ese sentido, la Fe se torna una conquista que tenemos que hacer en la vida. ¿Todas nuestras facultades no deben también ser cultivadas? La Fe es una facultad del alma, del espíritu, y nos cabe desarrollarla en nosotros mismos.
La Fe y la Razón se conectan como el Sol y la Tierra. La Razón es el sol espiritual que ilumina nuestra comprensión, ahuyentando las tinieblas y el frío de la ignorancia y de la superstición, para darnos la luz de la comprensión y el calor de la vida. Un hombre sin fe está muerto en sí mismo, es su propio sepulcro. Pero le basta encender la luz de la razón para liberarse de la muerte y del túmulo, para resucitar como Lázaro ante la voz del Mesías.
El materialista, el ateo, el hombre sin fe, en verdad confía en sí mismo, tiene fe en sus propias fuerzas. Es como el pez de las profundidades, que sabe dominar el agua pero aún no conoce la luz del sol. La fe humana que lo sostiene en las luchas diarias de la vida va a abrirse a la fe divina que le mostrará el esplendor de las estrellas. La luz de la Razón, a semejanza de la luz solar, hará germinar y crecer el poder de la fe en su corazón. Nadie se pierde, nadie está condenado para siempre. La Justicia de Dios se cumple en lo íntimo de nosotros mismos, porque Dios está en nosotros, presente en nosotros en la misericordia de sus leyes.