El cerebro y la mente

La última década del siglo XX fue denominada por los neurocientíficos como “la década del cerebro”. Los profesionales dedicados al estudio de las neurociencias se unieron con un objetivo común: comprender mejor cómo funciona nuestro cerebro. Como consecuencia de estos trabajos, resurgieron los debates en torno a nuestra conciencia o mente. A partir de la década de 1990, pudimos presenciar un gran número de experimentos neurológicos y cognitivos, acompañados de magníficas imágenes del cerebro en funcionamiento, obtenidas mediante técnicas de resonancia magnética funcional y tomografía por emisión de positrones (PET), que culminaron en un resurgimiento, aunque involuntario, de las ideas materialistas acerca de la mente.
Hasta comienzos del siglo XVIII, la mente era identificada naturalmente con el alma humana, y el cerebro era considerado el vehículo de su manifestación. Respaldados por los nuevos descubrimientos de las ciencias básicas, ya en el siglo XIX hombres de gran prestigio médico comenzaron a dedicarse más profundamente al estudio del cerebro y de las enfermedades que lo afectan. Entraron en escena grandes neurólogos de la historia: Parkinson, Charcot, Broca, Huntington, Sherrington y Freud, entre otros.
En 1884, William James y, en 1885, Carl Lange propusieron independientemente una teoría que relacionaba los acontecimientos fisiológicos con los estados mentales. Según esta teoría, conocida como teoría de James-Lange, la conciencia era un efecto de las respuestas fisiológicas (“tenemos miedo porque corremos; no corremos porque tenemos miedo”). En 1960, Stanley Schachter amplió esta teoría proponiendo que la corteza cerebral elabora la conciencia a partir de la información recibida de la periferia del cuerpo y, a finales del siglo XX, António Damásio, con su teoría del marcador somático, estableció que la conciencia es, esencialmente, una historia que el cerebro inventa para explicar las reacciones corporales.
Por otra parte, Sherrington (1906), Cannon (1927) y Bard (1928) se opusieron a la teoría de James-Lange y propusieron una teoría según la cual la conciencia surgía simultáneamente con el comportamiento. Más tarde, Papez (1937), Lindsley (1951) y MacLean (1952) añadieron algunos elementos a la teoría de Cannon-Bard, sin alterar, no obstante, su esencia. Solo en 1993 se publicó el último libro de Sir John Eccles, ganador del Premio Nobel de Medicina de 1963, “con el objetivo de refutar y negar el materialismo para reafirmar el dominio del ser espiritual sobre el cerebro”.
Es innegable que una mejor comprensión de la estructura celular y bioquímica del cerebro contribuye a un mejor entendimiento de cómo se desarrollan las enfermedades neurológicas (el término técnico que describe este conocimiento es fisiopatología). Por otra parte, estos conocimientos permiten desarrollar nuevos tratamientos para dichas enfermedades. Sin embargo, pretender transformar la mente en un simple efecto de la actividad cerebral crea problemas mucho mayores de lo que puede imaginarse. ¿Por qué?
Porque nuestros cerebros son, esencialmente, estáticos en su estructura y en su función. Su constitución celular es uniforme, formada por neuronas (o fibras nerviosas) y por otras células llamadas gliales, organizadas en disposiciones anatómicas estables y bien conocidas en la actualidad. Desde una perspectiva bioquímica, los neurotransmisores, sustancias encargadas de transmitir los impulsos nerviosos, son siempre las mismas moléculas: la dopamina y la serotonina, de acción excitadora, y el GABA y la acetilcolina, de acción inhibidora. De manera análoga, una vía neural, como por ejemplo la de la visión, es estática en su estructura y función. La transcodificación del estímulo visual en un impulso nervioso y su transmisión a lo largo del nervio óptico hasta el área visual de la corteza occipital está claramente definida y establecida, tanto desde el punto de vista anatómico como bioquímico.
Sin embargo, la interpretación simbólica de lo que se ve es particular y única para cada individuo. Así, para una persona el color rojo puede simbolizar sangre y sufrimiento, evocando recuerdos desagradables y reacciones físicas de malestar. Para otra persona, el mismo color rojo puede simbolizar amor y consuelo, despertando buenos recuerdos que, a su vez, desencadenarán un estado de bienestar. ¿Cómo justificar, entonces, que una estructura física organizada de manera estática y con una fisiología bien definida pueda presentar una gama de efectos tan diferentes entre sí como lo son las personalidades de los individuos? Lo más curioso de este intento de “cosificar” la mente es que los propios diccionarios la definen como “un sistema organizado del ser humano referente al conjunto de sus procesos cognitivos y actividades psicológicas; la parte incorpórea, inteligente o sensible del ser humano; espíritu, pensamiento”.
Este intento de materializar la mente resulta aún más anacrónico cuando evocamos el significado etimológico de las palabras mente y psiquismo. Mente deriva del latín mens, mentis, que significa “facultad intelectual”, “inteligencia”, “espíritu” o “alma”; y psiquismo deriva del griego psyché, con los mismos significados. Si un simple estímulo visual puede generar tanta divergencia, ¿qué pensar de elaboraciones mentales mucho más complejas como las que se activan cuando disfrutamos de una buena música, cuando jugamos con un niño o cuando sentimos nostalgia de una persona amada que está lejos de nosotros?
Allan Kardec escribió en El Libro de los Espíritus (pág. 176): “Si las facultades tuvieran su origen en los órganos, el hombre sería una máquina, sin libre albedrío y sin responsabilidad por sus actos. Tendríamos que admitir que los mayores genios, sabios, poetas y artistas no son genios sino porque el azar les dio órganos especiales. De donde se sigue que, sin esos órganos, no serían genios y que el último de los imbéciles podría haber sido un Newton, un Virgilio o un Rafael si hubiera sido provisto de ciertos órganos”. En la respuesta a la pregunta 370 del mismo libro se nos informa que “no son los órganos los que dan las facultades, sino las facultades las que impulsan el desarrollo de los órganos”. Es decir, no fueron los automóviles los que hicieron de Michael Schumacher un campeón; fue el piloto, gracias a su habilidad, quien llevó los coches a cruzar la meta en primer lugar.
El Espiritismo, conforme a la definición de su propio codificador, es una ciencia, es decir, un “conjunto sistematizado de conocimientos que, adquiridos mediante la observación, la identificación, la investigación y la explicación de determinadas categorías de fenómenos y hechos, son formulados metódica y racionalmente”; por lo tanto, posee autoridad para pronunciarse sobre los asuntos que le conciernen: el alma, el espíritu, la mente o el psiquismo. Las llamadas ciencias positivas tienen dificultades para aceptar los conocimientos que confieren a la Doctrina Espírita el carácter de una ciencia; sin embargo, al no hacerlo, pierden el derecho de cuestionarla. Actuando por prejuicio de sistema, clasifican como mistificación, superstición o incluso charlatanería aquello que no conocen ni comprenden, ocasionando con ello un total desprecio por los aspectos filosóficos y religiosos que le son característicos. Por eso Allan Kardec afirmó en El Libro de los Espíritus (pág. 32): “La Ciencia propiamente dicha, como Ciencia, es incompetente para pronunciarse sobre la cuestión del Espiritismo…”. La ciencia, divorciada de la religión (del latín religio/onis, que significa cualquier afiliación a un sistema específico de pensamiento o creencia que implica una posición filosófica, ética, metafísica, etc.; conciencia escrupulosa), es como un camión que desciende una pendiente sin frenos: está fuera de control. A su vez, la religión, sin la ciencia, se pierde en los laberintos del fanatismo religioso.
Para nosotros, los espíritas, existe la obligación de estudiar la ciencia; sin embargo, es fundamental preservar la esencia de la Doctrina Espírita para no cometer el error de materializar el Espíritu. Antes bien, es necesario concentrar nuestros esfuerzos en la intención de espiritualizar la ciencia.
David V. Monducci