No os olvidéis del prójimo

No seáis obstinados en el egoísmo. El egoísmo hace sufrir, con reflejos en el cuerpo físico, que padece con la concentración de elementos corrosivos. El prójimo, que Jesús tanto amaba, precisa de vosotros, tanto como precisáis de él. Ese intercambio es la vida de todos nosotros, uniéndonos con la vida de Dios.
No os olvidéis del prójimo a despecho de vuestras obligaciones, porque cuando no intentamos amar a alguien, inventamos disculpas de toda orden y nos distanciamos de mil maneras y a través de varios disfraces. Acordémonos de lo que dijo el Divino Maestro, reduciendo los diez mandamientos en solo dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Y el egoísmo, en la forma de amor propio, nos induce a olvidar al prójimo, aquellos que conviven con nosotros en la gran jornada evolutiva.
Si queréis saber quién es vuestro prójimo, observaros a vosotros mismos, porque él es vuestra continuación, que se extiende al infinito. Procurad dedicaros más a los semejantes, dándoles más atención en aquello que ellos representan, en lo que ellos os hablan, hacen o escriben, porque podéis aprender mucho con los otros, por el intercambio de experiencias.
Seamos fieles a las leyes del Señor, comulgando con las leyes de amor y ambientándonos con el clima de caridad, que el bienestar se aproximará a nosotros, como fuerza divina, en la divina expresión de todas las cosas. ¿Ya observasteis, hermano mío, cuanto os sirve el prójimo? En todos los caminos, se notan sus manos ayudándonos a ayudar, ayudándonos a servir, ayudándonos a comprender. Ese prójimo merece nuestro respeto, nuestra estima y nuestro amor. Todos juntos formaremos la gran corriente de vida que sustenta la gran esperanza por un mundo mejor.
Aquel interés que tenéis en demasía por vosotros mismos, gastando todo el tiempo en causa propia, en el propio sustento, en vuestro cuidado, sin pensar en los otros, os lleva a las profundidades del orgullo y de la vanidad y os hace olvidar que existe más gente viviendo en el mismo mundo en que vivís. Salid de dentro de vosotros mismo, aunque sea por unos instantes y observar lo que pasa a vuestro alrededor, las dificultades de vuestros compañeros de jornada y ayudadlos con vuestras posibilidades, comprendiéndolos con el discernimiento y confortándolos con el saber.
No debéis acumular sabiduría egoístamente. No debéis desperdiciar las fuerzas que os sobran, ni debéis reprimir el don de amar y la gentileza conquistada. Ese acervo de luces es para ser usado a favor de vuestro prójimo, pues, cuanto más donéis, más tendréis en vuestro beneficio, por el suplemento universal. Y quien se olvide de los compañeros, atrofia los valores del corazón, pasando a la condición de enfermo, por falta de intercambio de los tesoros divinos. Ajustaos a la ley, que ella se ajustará a vosotros, por el bien que debéis hacer.
Sé que buscáis la salud. Pues ella está donde permanece la armonía, aquella nacida del deber cumplido, de la alegría de ser útil a las criaturas de Dios.
Trabajemos de manos dadas y esforcémonos para comprender a nuestro semejante en todos los instantes y Dios hará el resto que esté fuera de nuestro alcance.
Vamos acordarnos de nuestro prójimo, como nos cuidamos a nosotros mismos, mientras él está en nuestro camino y Jesús estará sonriendo dentro de nuestro corazón.