Luíza Salazar

Luíza Salazar nació el 10 de octubre de 1923 en Araxá, Minas Gerais. Era la hija mayor de Saint Clair Salazar y Eulália Salazar, quienes más tarde tuvieron dos hijos más. Vivían en una finca, donde llevaban una vida de muchos sacrificios. Eulália falleció posteriormente, dejando huérfanos a sus hijos cuando aún eran pequeños. Algún tiempo después del fallecimiento de su esposa, Saint Clair conoció a María, viuda y madre de tres hijas pequeñas. Ambos se casaron formando una familia de seis hermanos. Con el paso de los años, María dio a luz a diez hijos más, convirtiéndose en una familia numerosa compuesta por dieciséis hermanos. Luíza, siendo la hija mayor, fue a la ciudad a estudiar y a vivir con una familia acomodada para la cual trabajaba. Era una joven alegre y poseía un don: la facilidad para crear lazos de amistad.
A los diecisiete años comenzó a tener la sensación de que alguien la acompañaba en todo momento. El tiempo pasó y aquella sensación se volvió cada vez más clara. Entonces, cierto día comentó a sus amigas en tono profético: – ¡Deseo mucho casarme! Necesito encontrar a un joven bueno y honesto, pues sé que tendré un hijo rubio, de ojos azules, y que se llamará Tadeu. Sus amigas no tomaron muy en serio tales declaraciones. Pero un día conoció a un joven de la periferia, humilde, obrero que trabajaba en el frigorífico de la ciudad. Era José Jovino, con quien había tenido una convivencia estrecha en una encarnación anterior. Pronto comenzaron a enamorarse. Después de un año y medio de relación, se comprometieron, pero ocurrió un hecho inusitado: faltando cuatro meses para el matrimonio, la pareja rompió la relación y permanecieron separados casi un año. Sin embargo, cuando existe un compromiso acordado en el Plano Espiritual, las almas vuelven a encontrarse para concretar su proyecto de vida. Y así, pocos meses después, confirmaron la esperada unión.
José Jovino llevó a Luíza del refinamiento a la periferia. Se mudó a una casa sencilla, construida de adobe y con piso de ladrillos. Su ajuar era lujoso y tan grande que tuvo que guardar la mitad; solo vitrinas eran tres, repletas de vajillas finas. Su casa humilde se convirtió en un “museo de visitas”. Las personas más humildes quedaban deslumbradas con todos aquellos objetos que había recibido en su matrimonio. Pero Luíza estaba tan feliz con su casamiento que ni percibía el contraste de los acontecimientos. Había dejado una mansión de dieciocho habitaciones y ocho baños, mudándose a una casa que ni siquiera tenía baño, sino apenas una fosa. Rápidamente Luíza se fue adaptando a los vecinos. Lo que más la asustaba era la pobreza, pues las familias tenían grandes necesidades de alimentos y ropa. Como tenía el don para la cocina y la costura, comenzó entonces a dar una pequeña contribución a aquellas personas sencillas y pobres.
El tiempo fue pasando y Luíza se volvía preocupada y ansiosa, pues su mayor sueño aún no se había realizado. Solo en el tercer año de casada logró quedar embarazada. Así, el 4 de enero de 1955, nació el tan esperado hijo, a quien ella ya conocía antes de encarnar. El niño era rubio, de ojos azules, como había dicho anteriormente, y le dio el nombre de José Tadeu Silva.
Había un señor llamado Jerônimo, era un hombre kardecista y poseedor de mediumnidad curadora intuitiva. Tenía buen contacto con la Espiritualidad Mayor y su ejercicio caritativo era constante. Trabajaba en el frigorífico con José Jovino y era amigo de la pareja. En el segundo día del nacimiento de Tadeu, fue a visitarles. Al llegar, se asustó al ver al niño. Lo tomó en brazos y silenciosamente le transmitió un pase con mucho fervor, diciendo enseguida a la pareja: – ¿Puedo visitarles más veces?
La pareja respondió afirmativamente que sería un gran placer recibirle. Al llegar a su casa dijo a su esposa y a su hija: – Estoy muy preocupado, ese niño no puede morir. Aún cuando se encontraba en el vientre de su madre, tuve una comunicación durante el sueño en la que los mentores espirituales me decían que ese espíritu tendría una tarea muy importante que desempeñar en la Tierra. Voy a visitarlo todos los días para transmitirle mis humildes oraciones. El señor Jerônimo sabía que Doña Luíza tenía miedo del Espiritismo, por eso prefirió hacer su trabajo en silencio durante treinta días. La pareja Jovino y Luíza quedaron tan agradecidos que lo invitaron a ser padrino del niño. Aunque no eran espíritas de conocimiento, ya practicaban la caridad.
Luíza ni siquiera sabía que traía de otras vidas la mediumnidad ya pulida. En la encarnación anterior, como Teresa de Ávila, realizó muchas curaciones y con su clarividencia vio a Jesús, Francisco de Asís y Antonio de Padua. En esa época ni pasaba por su mente la magnitud de su compromiso mediúmnico, principalmente como médium auditiva, intuitiva y curadora. En aquel tiempo el Espiritismo era visto como un gran tabú por la comunidad.
Luíza, siempre madre devota y celosa por su hijo Tadeu, estaba atenta a todo, de modo que mientras preparaba el almuerzo observaba a Tadeu en el patio conversando con sus amiguitos espirituales. El niño, a los tres años de edad, comenzó a ser perseguido por espíritus inferiores que, durante el sueño, lo sacaban de la cama y lo llevaban a otros lugares. Jovino, su padre, estaba muy preocupado con esa situación, pero su esposa Luíza siempre decía: – ¡No te preocupes! Cuando sea mayor aprenderá a defenderse de esas cosas. Tadeu es un niño protegido por Dios, ya lo verás.
Algún tiempo después, el padre de Luíza, el señor Saint Clair, aún joven, enfermó del corazón y necesitaba cuidados especiales. Su hija lo acogió en su casa y permaneció postrado en cama por bastante tiempo. Luego desencarnó, dejando a su segunda esposa, doña María das Dores, viuda con dieciséis hijos, siendo el menor aún un niño. En esa época Luíza quedó embarazada y dio a luz a una niña que recibió el nombre de María Luíza. Después de cierto tiempo, su tío José, hermano de su padre, enfermó de la misma dolencia, quedando muy debilitado, y Luíza lo cuidó hasta su fallecimiento. Tadeu, con apenas siete años de edad, inició su trabajo en el bien, cuidando a enfermos postrados.
Luíza comenzó a visitar a los enfermos de la comunidad y llevaba a Tadeu con ella. Allí comenzó la tarea mediúmnica, pues Luíza, sin ningún conocimiento de plantas medicinales, empezó a trabajar con medicamentos naturales, produciendo por fuerza de la intuición y como médium auditiva, remedios en su propio hogar que utilizaba en el tratamiento de los enfermos. Eran pomadas, jarabes y tés al servicio del bien de quienes necesitaban cuidados. Los casos involucraban diversas enfermedades —lepra, heridas varicosas, sarna e incluso tuberculosis— pero nada afligía a la madre y al niño, porque en su corazón había algo que los hacía inmunes a todo eso. Aunque desprovista de bienes materiales, Luíza poseía una energía colosal y no temía al trabajo. Pensando en buscar recursos en favor de los más necesitados, comenzó a trabajar en casa como costurera y con mucho sacrificio, junto con la ayuda de su marido, logró reunir una cantidad suficiente para comprar un terreno en el mismo barrio donde vivían, donde más tarde sería erigida la Casa do Caminho.
Luíza y Tadeu, madre e hijo, se convirtieron en dos instrumentos que vivían en verdadero acorde. El amor de Luíza y su hijo Tadeu ya existía antes del vientre y continuó aún más fuerte después del vientre. Su madre, con apenas diecisiete años, ya conocía al niño Tadeu: blanco, rubio y con ojos profundamente azules.
Con el paso de los años, un día Tadeu notó que su madre estaba diferente y decidió preguntarle: – ¡Mamita! Me parece que te estás sintiendo cansada y vieja. ¿Estás enferma? – No estoy cansada y ni siquiera tendré tiempo de volverme vieja. Solo espero, hijo mío, que continúes firme en nuestra misión, siendo esforzado y amoroso como siempre lo has sido. Y no lo olvides: Donde existe amor, no hay barreras entre nosotros y el cielo.
Un mes después, Luíza, sin hablar con nadie, buscó a un médico, pues su seno estaba completamente infectado. Ese médico la consideraba como una hermana, ya que prácticamente se habían criado juntos. Tadeu, sin saber el paradero de su madre, se preocupó por su demora. Después de algún tiempo ella llegó acompañada del médico, quien vino a orientar a la familia sobre su enfermedad y conversar acerca de los exámenes preoperatorios. Dentro de una semana se realizó la cirugía en la que le fue retirada la mama; sin embargo, el resultado de la biopsia fue positivo, indicando que el cáncer ya estaba bastante avanzado. En esa misma época Jovino sufrió un ACV isquémico que lo dejó totalmente inválido. Necesitando tratar el cáncer, Luíza podía optar por hacerlo en Uberaba o en Belo Horizonte, donde vivían dos hermanas, pero pensando en la dificultad que Tadeu tendría para cuidar de Jovino y de ella, optó por ir a Belo Horizonte.
En ese momento pensaba en dos cosas: Primero, disminuir la carga de Tadeu, para que pudiera concentrarse más en el trabajo diario con su padre. Segundo, siendo la distancia mayor, principalmente para su hijo, habría un desligamiento carnal más suave. El hecho es que, en espíritu, ambos se encontraban todas las noches.
Al inicio del tratamiento ya había conquistado el cariño de todos los funcionarios del enorme hospital. En algunos períodos entre el tratamiento lograba ir a Araxá y al regresar se sentía fortalecida, sin quejarse nunca de nada. Y cuando llegaba al hospital todos decían: “Llegó la alegría”.
Después de un año de tratamiento, Luíza entró en estado terminal y Tadeu fue a buscarla, estando ella casi inconsciente. En el hospital, lo que más lo conmovió fue presenciar a todo aquel enorme grupo de funcionarios llorando, como si su madre fuera alguien muy íntimo en la vida de esas personas.
En el viaje de regreso a Araxá, Luíza ya no reconocía a nadie. Cuando entraron en la ciudad, abrió los ojos, miró a Tadeu y le preguntó qué hora era. Él dijo: Son las veinte horas, mamita. Entonces ella dijo que quería pasar la noche en su casa y dormir en su habitación. Tadeu cumplió su último deseo, y fue hospitalizada a la mañana siguiente, desencarnando cuatro días después.
Y así partió esta gran mujer, que vino con una noble misión y dejó un legado de amor, siendo madre y también maestra de su hijo Tadeu, quien continuó la labor que ella inició, fundando en 2012 el Hospital Casa do Caminho en el mismo terreno donde Luíza Salazar comenzó el trabajo en auxilio de los necesitados.
Fuente: Libro “Uma missão de mãe e professora”, autor Lázaro (espíritu), psicografiado por José Tadeu.