Los miedos que impiden la felicidad

Miedo de la muerte
Venza el miedo a la muerte valorando la vida y considerando que la felicidad es consecuencia de una vida feliz. Su felicidad puede ser alcanzada independientemente del hecho de que la muerte es inevitable. Intente establecer que su felicidad puede ocurrir en el breve espacio de tiempo de su vida, sin importar su duración. Sus creencias sobre lo que sucederá después de la muerte pueden ayudarlo, pero también hacerle formar una idea falsa de que será muy diferente a lo que vive hoy. Cualquiera que sea su concepto de vida después de la muerte es, aunque no crea en nada, viva como si cada día fuese el primero y el último de su vida.
La muerte debe encararse como un gran alivio a la conciencia, aunque eso no siempre ocurra, pues nos permite penetrar en el inconsciente divino, en el cual todo puede ser explicado. Permítase ser feliz con o sin miedo a la muerte. Deje que ella venga a su tiempo y con su propio mensaje. El miedo a la muerte en la conciencia impide que la felicidad encuentre en ella su campo de realización. No permita que ese miedo permanezca mucho tiempo en aquel campo, dándole atención cuando las situaciones así lo exijan. La felicidad pasa por la conciencia de la muerte como una necesidad del cuerpo y de la mente. Sin ella la totalidad de la vida no cabría en el cuerpo perecible y en la conciencia limitada. Por lo tanto sea feliz, aún sabiendo que la muerte es inevitable a partir del momento de nacer.
Miedo de ser condenado
La agresividad es un instinto natural que todos poseemos. La agresividad contra el ser humano es de origen primitivo, ya que es el fruto de las necesidades de supervivencia y de protegerse, que son anteriores a la época de las cavernas. Por lo tanto, ese miedo está enraizado en usted y convivir con él le exige adquirir la conciencia de que también está preparado para enfrentarlo. Su organismo y su mente se estructuran también para reaccionar y vivir delante de las contingencias adversas de origen externo. Las puniciones, contra el cuerpo o no, son fruto de una sociedad aún desigual y de nuestra inferioridad espiritual. Sus actos deben seguir sus pensamientos, ideas y emociones. Ellos tendrán consecuencias negativas en cuanto estuviesen en desacuerdo con las normas sociales. Cambiarlos o no es una opción suya. Cualquiera que sea su opción, debe ser lo suficientemente maduro para aprender a aceptar cualquier consecuencia proveniente de su decisión. Tal vez sea mejor, para que sea realmente feliz, procurar una manera de pensar y actuar que le traiga menos posibilidades de sufrir cualquier punición.
Recuerde que su felicidad tiene un precio y, a veces, ese precio impone ciertas dosis de dolor o sufrimiento. Sopórtelos y busque considerarlos meras contingencias de la vida. Ninguna conquista se obtiene sin sacrificio. El sudor y las lágrimas que puedan venir de su búsqueda, deben valorarla mucho más; empero, no se limite por miedo de ella. Atrévase. Sin aventura ni osadía se vive, pero no se siente el sabor de la vida.
Miedo de no agradar al padre o a la madre
Ello no siempre se configura como un miedo, si bien es algo que nos impide realizar ciertas cosas y cuando no, nos inocula la culpa. Debe aprender que su felicidad, aunque pueda contar con la ayuda de terceros, es una conquista personal. Las influencias maternas y paternas tienen un peso muy grande en nuestro destino, pero deben ser analizadas, así como también evaluados sus límites. Disgustar al padre o a la madre, cuando es consciente de las consecuencias y se sabe que, en aquel momento, eso es lo mejor para uno mismo, puede ser señal de competencia personal. Aunque su actitud o elección desagrade sus tradiciones familiares, y eso sea su propio destino, asúmala de forma madura y sea capaz de explicar su decisión sin necesitar romper con nadie o amargarse. Pero cuidado para no elegir su destino apenas como una forma de contrariar o rebelarse contra los valores paternos. Usted acabará viviendo su vida en función de lo que quiere evitar.
No hay ningún problema en seguir las orientaciones familiares cuando ellas coinciden con las suyas, como tampoco hay problemas en seguir esas orientaciones aunque sean contrarias a las suyas. Ellas pueden ser lo mejor para usted. En ese caso es preciso tener flexibilidad con el propio destino. Su felicidad puede ser compartida con sus familiares como también puede proporcionársela a ellos. Recuerde que usted tuvo o tiene la familia que merece y en la cual precisa aprender alguna cosa. Sea feliz con o sin ella, pero nunca olvide que, al menos tiene que estar agradecido de tener esa familia. Fue ella que lo trajo al mundo y que lo hizo ir en búsqueda de su felicidad.
Miedo de ser agredido
La agresión física, de la que tenemos miedo también por causa de la violencia urbana, puede ser evitada cuanto menos nos arriesguemos. Empero, nadie puede apartarse del mundo y evitar vivir en él. Por más que nos proyectemos, estaremos a merced de la violencia mientras la sociedad fuese desigual y pobre espiritualmente. Debemos pensar que una agresión física que, por ejemplo, un asaltante pueda provocarnos, es siempre una respuesta de la Vida para nosotros, solicitando aprendizaje. Nada nos sucede que no sea para nuestro bien y para que aprendamos algo.
La posibilidad de sufrir una agresión debe ser encarada como un evento factible y que nos traerá algún beneficio. No temamos lo que, por nuestra causa, se tornó inevitable. Por otro lado, ser agredido es considerarse vulnerable al mundo. Muchas veces nos permitimos la agresión por considerar nuestra honra un título concedido por la sociedad. Nadie pierde lo que le pertenece. Solamente perdemos aquello que no es nuestro o que necesitamos aprender a usar. Ser feliz, sin miedo de sufrir cualquier tipo de agresión, sea física o moral, requiere conciencia de su propia destinación divina. Recuerde siempre que fuimos generados por Dios para la felicidad y no para la destrucción.
Miedo a quedar solo
La felicidad es un bien solitario, ya que es relativa a cada individuo. Se constituye en un padrón personal de ser. Aunque estemos al lado de alguien, nuestra felicidad sólo podrá ser compartida parcialmente, pues el sentimiento profundo que tengamos sólo será sentido por nosotros y por Dios. Quedarse solo es una situación necesaria en algún momento de nuestra vida. Si la vida nos ha impuesto esa contingencia, debemos encararla como un evento importante para que aprendamos alguna cosa con la soledad. Ser feliz sin una compañía física, sea de un compañero o de un familiar, puede ser un mensaje de la Vida para que seamos útiles colectivamente.
Si usted es una persona solitaria y desea ser feliz aún en la soledad, procure hacer algo para la colectividad. Condicionar la felicidad a tener la compañía de alguien con quien podamos vivir una relación amorosa es un ideal fantasioso que inyectamos de las reglas sociales y que, muchas veces, nos impide la valorización real de los vínculos que la vida ofrece. Haga algo que le proporcione satisfacción y al mismo tiempo beneficios sociales.
Tal vez el motivo de su soledad sea exactamente el hecho de hacer muy poco por la sociedad en la cual vive. Haga algo por su felicidad realizando cualquier cosa por la felicidad de alguien. Comience por el bien colectivo, preferentemente de forma anónima. De los vínculos que la vida ofrece. Experimente cultivar algún tipo de actividad en la cual pueda incluir a personas amigas que compartan su solidaridad. Tal vez descubra que el egoísmo es uno de los responsables por nuestra soledad externa.
Miedo a perder algo
Perdemos aquello que retenemos egoístamente. Es preciso que aprendamos a administrar los bienes sin permitir que ellos nos posean. El miedo de perder cosas proviene de la dificultad en percibirse, independientemente de los objetos externos. Ese miedo también es consecuencia del apego que se tiene de las cosas y al valor que se les atribuye. Aunque hayan sido adquiridas con mucho sacrificio, es necesario que aprendamos a entender que la vida sólo nos saca cosas con la intención de que aprendamos a valorizarlas adecuadamente. Su retirada de nuestra vida representa un karma en curso, al cual debemos posicionarnos con equilibrio, calma y reflexión para obtener de la experiencia de pérdida, lo mejor posible para que no sea necesario repetirla.
Debemos preguntarnos sobre lo que la Vida nos quiere enseñar y para que empleó esa forma. Es adecuado pensar que no se debe ser negligente la custodia de los bienes que se poseen, ni tampoco no preocuparse por el hecho de perderlos, sin que tengamos una responsabilidad directa por ello. Se debe atribuir valor al hecho de la pérdida como un mecanismo educativo. La felicidad pasa por la valorización de los bienes que se poseen y por la conciencia de la relatividad de esa posesión. Ser feliz es poder tener cosas, pero, saber vivir con el mínimo de ellas. Teniéndolas o no, procure su felicidad. Muéstrese como alguien que, independiente de trabajar para tener cosas, consiguiendo tenerlas o no, procede sin ningún comodismo, sintiéndose en paz y feliz con lo que ya conquistó en la vida.
Miedo de perder a alguien
Cuando nuestros horizontes de vida son espirituales, las dificultades y conflictos se tornan menores. Las personas queridas, en las que depositamos nuestros sentimientos, son apoyos seguros en la vida, contribuyendo para que ella sea más feliz. La muerte, la separación, un cambio de domicilio, o cualquier que sea el motivo que nos separe de tales personas, cada uno de esos eventos debe ser encarado como una invitación para que transformemos nuestra propia vida. Nadie pierde a nadie, ya que estamos todos en el mismo planeta evolutivo. No salimos tan fácilmente de él sin que agreguemos valores superiores al espíritu. Las personas que queremos y de las cuales nos separamos, pueden necesitar de algún tiempo lejos de nuestra convivencia, para que puedan también aprender con nuevas personas.
Es un tiempo para cada uno, para que se pueda respirar nuevos aires. Deje que la nostalgia llegue a su corazón y acójala en armonía, pero deje al ente querido que prosiga su evolución, esperanzado en un posible reencuentro más adelante. No se levante por una separación. Crea que sin la presencia de aquella persona, también tiene el derecho de ser feliz. No piense que el mundo se acabó ni que es imposible vivir de otra manera diferente. Su caminata es una jornada personal con o sin aquella persona. No se considere derrotado, pues la Vida le ofrecerá, siempre, una nueva oportunidad. Su felicidad es su gran objetivo. Cada día de esa separación es una invitación a su individualidad, para que se perciba más próximo de Dios.
Sea feliz y desee la felicidad de quien se ausentó de su lado.
Miedo a ser descubierto
Generalmente quien cree haber hecho o estar haciendo algo de errado piensa en la posibilidad de ser descubierto, en virtud que se acciona psíquicamente el mecanismo generador de la culpa que posibilita el surgimiento de la creencia de estar siendo vigilado. El llamado ‘delirio persecutorio o de persecución’ tenderá a inhibir psicológicamente al individuo. Éste se limitará y estará convicto de que la gente, principalmente aquellas personas que no desean que sepan de sus actitudes equivocadas, están juzgando sus actos. Difícilmente conseguirá ser integralmente feliz alguien que sufre la sensación de estar siendo vigilado y juzgado por determinada actitud a las escondidas. El miedo al escándalo o de la exposición de su privacidad conduce al individuo a tornarse limitado e incapaz de sentirse efectivamente libre, pues comenzará a creer que no es merecedor.
El límite de su felicidad es autoimpuesto. Todos tenemos de que avergonzarnos en virtud de las normas y costumbres sociales que nos obligan a vivir personas, adecuadas formas de relación con el mundo, que impiden que aparezca nuestra sombra. Al lado de las personas de las cuales necesitamos para adaptarnos socialmente, cargamos una sombra que contiene aspectos negativos o rechazados de nosotros mismos. Para vivir bien en sociedad sólo revelamos nuestra aparente normalidad, y es inevitable que así sea, pues ocultamos aquellos aspectos contradictorios que pueden generar conflictos. Ser feliz, sin miedo de ser descubierto, significa decir que se asume lo que se esconde, pues las consecuencias de lo que se hace serán aceptadas plenamente, cualquiera que ellas sean. Sea feliz independientemente de lo que tenga que esconder.
Miedo a ser inferior
El deseo de tener alguna importancia en la vida y de mostrarse mejor de lo que se es, forma parte de la naturaleza humana y representa una tentativa de superación por el hecho de ser criatura y no Creador. Aquel miedo forma parte integrante de la lucha por la supervivencia cuando se cree que los valores pueden ser adquiridos por la inferioridad de alguien. Es por causa de ese miedo que el orgullo asume el comando de ciertas ideas y actos en la vida de las personas. Él nos ciega en la medida que nos induce a una forma de pensar, como si fuésemos mejores que los demás. Recuerde que usted no es mejor ni peor que cualquier otro ser humano. Es solamente diferente de todo ser humano, teniendo cualidades, igual que el otro, que se presentan en mayor o menor intensidad que en él. Aquel miedo es fruto también de la inseguridad de lo que se es y del deseo de superarse con el objetivo de lograr una imagen idealizada de sí mismo. Ser feliz pasa por la conciencia de la propia singularidad, percibiéndose diferente y único en su naturaleza esencial. Nada, ni nadie, es superior en virtud de las referencias con las cuales generalmente se establecen comparaciones.
Cuando la referencia es Dios, nada soporta una superioridad ni inferioridad. Adquiera la conciencia de su valor relativo y considere su igualdad con los demás, pues todos estamos en la búsqueda de la felicidad. Unos más adelantados que otros, pero, ni por eso, superiores en una escala que deba hacernos inferiores. Ser feliz sin parecer inferior es aceptar las diferencias externas que la vida nos impone y considerar que la felicidad es patrimonio de todos, sin distinción de etnia, credo, condición socioeconómica, o nacionalidad. Somos hijos de Dios y merecemos la felicidad. No debemos intentar superar el sentimiento interno de superioridad, o de inferioridad, humillando a alguien, ni siquiera en pensamiento. Tampoco debemos sentirnos humillados cuando el orgullo de otro hable más alto. La felicidad comprende la comprensión del deseo del otro, permaneciendo en paz y en busca del sí mismo, esencia divina.
Miedo a no satisfacer las expectativas
Todos deseamos sentirnos importantes para alguien. Muchos todavía viven en función de su imagen pública. Queremos satisfacer las expectativas de una persona, de la familia, de un grupo referencia, o de la cultura en la cual estamos viviendo. Por un lado, ello puede impulsarlos hacia un futuro prometedor, pero por el otro, alienarnos para toda la vida, pues, se puede correr el riesgo de vivir la vida esperada por los demás. Para ser feliz, es preciso separar sus expectativas de aquellas que vienen de afuera. Cuando estas son generadas por los demás, pueden ser correspondidas y coincidir con el proyecto de vida del individuo, eso nos puede incentivar; empero, cuando ellas van más allá de nuestra capacidad o difieren del proyecto de vida que nos gustaría adoptar, nos conducen a frustraciones en el futuro.
Cuando decidimos no preocuparnos más de las expectativas externas, principalmente las de aquellos que nos ayudaron a consolidar nuestra personalidad y contribuyeron para que llegásemos a donde nos encontramos, seguramente habremos alcanzado la madurez y la seguridad. Desagradar a alguien que queremos, no es una fácil tarea. Requiere firmeza en los propios principios y amor a la hora de declararlos. La felicidad personal puede obligarnos a afirmar nuestro propio destino, aunque sea contrario a aquel que nos habituamos seguir.
Miedo a dirigir la propia vida
Nadie debe abdicar de conducir su propio destino. Aún sabiendo que está encadenado al de otras personas, debemos tener conciencia de que en la vida tenemos que aprender a hacer nuestras propias elecciones. Cada elección proporcionará consecuencias que podrán darnos sufrimientos o felicidad. Debemos recordar que toda victoria depende de sacrificio. Así es con la felicidad; ella exige no sólo sacrificio sino también una buena dosis de renuncia. Durante toda la vida debemos hacer elecciones y no podemos temer sus consecuencias, pues, si eso ocurre, difícilmente las haremos. No elegir es no vivir. Estando en la vida, es inevitable asumir las elecciones. Cuanto más posterguemos asumir el comando de nuestra vida, más retrasaremos nuestra felicidad.
No tenga miedo de decidir, ni recelo de que las cosas no salgan bien. Es mejor errar haciendo que omitirse y continuar alienado. Buscar ayuda para saber elegir puede ser importante. Aunque ello nos posibilite un número menor de equívocos, no todo se puede dejar de decidir solitariamente. Hay cosas que sólo dependen de nosotros y es exactamente el decidir solamente lo que nos hará aprender. Arrepiéntase de lo que hizo cuando le haya causado infelicidad a usted mismo o a alguien, pero arrepiéntase todavía más cuando su miedo de hacer elecciones no le permitió haber hecho lo que le correspondía en beneficio de su felicidad. Sea feliz asumiendo el comando real de su vida.
Miedo a lo desconocido
Nadie tiene el control total sobre la Vida. Ningún ser humano tiene certeza de nada ni está seguro de cómo será su propio futuro. Aunque el futuro de la humanidad sea una incógnita, el futuro del ser humano es ser feliz, de eso no tenga ninguna duda. Los planes de Dios ciertamente incluyen la felicidad del ser humano, empero, las estrategias que Él utiliza no siempre pueden ser previstas. En caso que tenga miedo a lo desconocido, sepa que la mayoría de las personas también lo tienen, pero, tal vez ya lo tengan bajo control. Ellas descubrieron que de nada vale anticipar con hipótesis lo que no se tiene certeza de cómo será. Ellas también tienen conciencia de que no tenemos la capacidad de saberlo todo, principalmente lo que depende de infinitas variables. Esa anticipación debe ocurrir dentro de aquello que se puede alcanzar, empero, cuando se trata de querer cosas improbables o imposibles, puede incurrirse en la ansiedad enfermiza.
No sirve de nada pensar que lo desconocido es amenazador o que necesariamente vendrá en contra nuestro. Es preciso tener confianza en Dios y en la propia capacidad para superar obstáculos. La Vida no nos otorga nada que no podamos utilizar en nuestro provecho. Pretender anticipar el futuro como si fuese algo amenazador puede hacernos vivir en constantes sobresaltos, pensando que la Vida siempre nos ofrecerá lo negativo. En caso que el futuro le traiga algo de malo o negativo, esté seguro de que aquello será el instrumento impulsor de su crecimiento y le posibilitará ser mejor persona de lo que es. Su felicidad acontecerá, pero estará siendo postergada durante todo el tiempo que continúe con su miedo respecto a lo que no pueda controlar.
Miedo a los espíritus
Este es un miedo antiguo de la mayoría de las personas, pues conduce al ser humano al campo de lo ‘sobrenatural’, al oscuro terreno de la imaginación llevada a lo sombrío. El dominio de los espíritus es la noche, lo oscuro, lo mágico y fantasmagórico. La cultura y la superstición llevaron al ser humano a hacer esas asociaciones. Es preciso que desmitifique esa idea, colocando en la conciencia la razón y la madurez. Tales asociaciones pertenecen a la fase infantil del ser humano y de la propia humanidad. Los espíritus deben ser entendidos como personas, y siendo así, no tienen un poder ilimitado sobre la Vida. Les atribuimos un poder que de hecho no poseen. En cualquier sistema de creencia ellos son considerados casi como divinidades y eso genera el temor que se tiene. Temerles es atribuirles poder sobre su conciencia.
Procure una relación con ellos como la que tiene con las demás personas, o sea, de respeto y de límites. Ningún espíritu podrá perjudicar su felicidad si no le da poder. Del otro lado de la vida están los espíritus, que como nosotros, que además de otros aspectos, odian, trabajan, sufren, aman y buscan ser felices. En caso que no crea en su existencia, es un contrasentido tener miedo de aquello en que no cree. Ahora, si usted cree en la existencia de ellos, busque comprender su naturaleza, sus hábitos y límites. De cualquier forma no les tema, pues, entre usted y ellos existe apenas una barrera vibratoria, pero no emocional. Al igual que ellos, continúe buscando su felicidad, independiente del tipo de relación que tenga con ellos. Considere que existen otras formas de vida en paralelo erigidas por las mismas leyes amorosas de Dios.
Miedo a los muertos
Este es otro nombre que se da a los espíritus. Muertos son aquellos que están sin un cuerpo de carne, pero, no están sin vida. Son vivos y viven mucho más de que algunos que se consideran vivos en el cuerpo físico. La palabra muerte posee el poder de hacernos entrar en contacto con emociones que sugieren destrucción, miedo, terror, llanto, lamentación, pérdida, entre otras cargadas de negatividad. Cuando llamamos a nuestros parientes ya fallecidos muertos, estamos contaminando nuestro mundo emocional con esos conceptos negativos. Llámelos espíritus o refiérase a ellos como parientes que retornaron a la verdadera vida. Aunque la muerte de ellos haya sido de alguna forma tranquila, no dejaremos de hacer las asociaciones.
El miedo a los muertos es el mismo que tenemos de los espíritus por hacer aquellas mismas asociaciones. Psicológicamente deberemos asociar el recuerdo de ellos a la personalidad que tenían, trayendo a la conciencia los momentos felices que con ellos tuvimos, o, si no ocurrieron, que podríamos haber tenido. No se preocupe de la posible sanción que ellos puedan haber hecho, a su comportamiento, pues, el tiempo de ellos ya pasó. Ahora es su tiempo y su juez es Dios. No el Dios forjado por las religiones, sino Aquél que vive en su corazón. Sea feliz con el recuerdo de los muertos o sin él. Usted merece ser feliz, independientemente de si ellos, cuando estuvieron aquí, lo hayan sido o no.
Miedo a exponerse
Este es el miedo de los tímidos y retraídos. En verdad ellos tienen miedo de errar y no quieren aparecer como alguien fracasado. No son suficientemente seguros y maduros como para soportar eso. No tenemos necesariamente que exponernos en público o estar en un escenario delante de las personas. No estamos obligados a tener dotes de oratoria o de representación teatral para hacer lo que queremos. Pero es importante que estemos preparados por las dudas que esa exposición traiga o forme parte de algún proceso que nos haga crecer. Cuando ese miedo sea un obstáculo para nuestra felicidad, hay que enfrentarlo con pequeñas dosis de exposición con el fin de ir adquiriendo la sabiduría de estar delante de las personas sin el recelo de errar.
El error es parte del aprendizaje y representa una experiencia entre aquellas que nos ayudarán a elegir. El camino de la felicidad no contiene solamente experiencias acertadas, sino también aquellas de las cuales extraemos importantes lecciones. Saber exponerse es ser transparente y libre de la necesidad de recibir elogios o aprobaciones por lo que se hace. Cuando tuviésemos el coraje de exponernos, cuando el momento lo exija, debemos aprender que los demás, al igual que nosotros, reaccionan de formas patrón cuando están en público, dejemos sus comentarios de lado de acuerdo a la situación. Venza el miedo de la exposición considerando que su juez es Dios y sus errores forman parte de su iniciación para la Vida y para su felicidad.
Miedo a una enfermedad grave
Una enfermedad grave es una posible interrupción anticipada en la vida de alguien. Es una invitación a la reflexión para el enfermo y para los que lo rodean. Es la posible muerte anunciada para que todos puedan reflexionar sobre ella. El miedo de contraer una enfermedad grave, en sí mismo o en alguien muy querido, surge de la falta de conciencia sobre los mecanismos sutiles de la Vida, que nos manda aquello que necesitamos para aprender a vivir. Una enfermedad es siempre un mensaje de la Vida para decirnos que algo, en nuestro mundo íntimo, está en desequilibrio. La enfermedad es como una hermana mayor que nos alerta de los peligros de la existencia. El miedo de la enfermedad impide que alcancemos nuestros ideales, pues, empezamos a sufrir anticipadamente.
La fuerte identidad que establecemos con el cuerpo contribuye sobremanera para que ese miedo se justifique. Encarar la vida en el cuerpo como una fase en la cual aprendemos a lidiar con la materia es fundamental para nuestra felicidad. El miedo al Cáncer, al Sida o a cualquier otra enfermedad grave es natural, pero no nos debe llevar a la inercia ni tampoco que impida nuestra felicidad. Es preciso que tengamos la conciencia de una realidad mayor que la vida del cuerpo, siendo éste apenas un mecanismo auxiliar en nuestra evolución. La Vida es mucho más amplia que la existencia en un cuerpo perecible y frágil. Nuestra felicidad pasa por la conciencia de esa fragilidad, respetando sus límites y sus capacidades. El cuerpo es el instrumento para la conquista de la felicidad, pero su salud no es la garantía para adquirirla. Más importante de que tener salud perfecta es tener paz en la conciencia. Sin ésta última, la felicidad no es posible.
Miedo a ser rechazado
Todos estamos sujetos a ese tipo de miedo, principalmente aquellos que sufrieron algún tipo de constreñimiento en la vida. Nadie puede ser excluido u olvidado. El sentimiento de rechazo nos hace caer en depresión, disminuyendo nuestras oportunidades de alcanzar la felicidad. Para no pasar por el rechazo permitimos que la vanidad y el orgullo, muchas veces, asuman el comando de nuestra existencia. La conciencia del valor personal y la convicción sobre las propias limitaciones, se tornan excelentes antídotos para que aquel sentimiento no se instale en nosotros. La felicidad es posible cuando adquirimos la noción de nuestra propia importancia ante la Vida, sin que necesariamente seamos importantes para determinado grupo de personas.
La importancia que queremos tener para alguien o para un grupo es una conquista personal y depende de los valores que tengamos y que sean adoptados por aquella persona. La felicidad es una conquista importante e independiente de que estemos o no en un grupo, empero, ella se realiza cuando estamos en relación con él. Sea feliz y muéstrese como realmente es. Aprenderá con el medio en el cual vive y podrá convertirse en una persona mejor y reflexionar sobre el rechazo. Cultivando una autoimagen más realista sobre sí mismo, a través de la consideración de sus potenciales y limitaciones, reconsiderando el fantasma del rechazo, se sentirá mejor. Aprenda a valorarse y a ser feliz tal como usted es.