Las Pruebas y la muerte

Determinado ya el objeto de la existencia y siendo más elevado que la fortuna, más elevado que la felicidad, se produce una verdadera revolución en nuestras aspiraciones. El Universo es un palenque en donde el alma lucha para su engrandecimiento. Lo obtiene por medio de sus trabajos, de sus sacrificios, de sus padecimientos. El dolor, ya sea físico, ya moral, es un poderoso medio de desarrollo y de progreso. Las pruebas que sufrimos nos ayudan a conocernos y a dominar nuestras pasiones.
El dolor es la purificación suprema, la escuela donde se aprenden la paciencia, la resignación y todos los austeros deberes. Es el horno donde se derrite el egoísmo y se disuelve el orgullo. A veces, en las horas sombrías, el alma atormentada se rebela, reniega de Dios y de su justicia. Después, cuando la borrasca ha pasado, y se examina, ve que aquel mal aparente era un bien, ve que las penas la han hecho mejor, más accesible a la piedad, más caritativa hacia los que sufren.
Todos los males de la vida contribuyen a nuestra elevación. Por medio del dolor, de las pruebas, de las humillaciones, de los achaques y de las desgracias, lo mejor nace de lo peor. Por esto hay en este mundo más penas que alegrías. La prueba templa los caracteres, afina los sentimientos y doma las almas fogosas o altaneras.
El dolor físico tiene también su utilidad. Desata químicamente los lazos que unen el Espíritu a la carne, lo desprende de los fluidos groseros que lo rodean, aun después de la muerte, y lo retienen en las regiones inferiores.
No maldigamos el dolor. Sólo él nos arranca a la indiferencia y al deleite. Él esculpe nuestra alma, dándole su forma más pura y su más perfecta belleza.
La prueba es un remedio infalible para nuestra inexperiencia. La Providencia procede con nosotros como una madre previsora con su hijo indócil. Cuando nos resistimos a sus llamamientos, cuando nos negamos a seguir sus consejos, nos deja sufrir desengaños y reveses, sabiendo que la adversidad es la mejor escuela de bondad y sabiduría.
Tal es el destino del mayor número en la Tierra. Bajo un cielo a menudo surcado de relámpagos, hay que seguir el arduo camino, con los pies destrozados por las piedras y las espinas. Un Espíritu revestido de negro ropaje guía nuestros pasos: es el dolor, dolor santo que debemos bendecir, pues él solo, al estimular nuestro ser, le desprende de las vanas fruslerías con que le gusta adornarse y le hace apto para sentir lo que es verdaderamente noble y bello.
Considerando estas enseñanzas ¿qué viene a ser la idea de la muerte? Pierde todo carácter espantoso. La muerte no es ya más que una transformación necesaria y una renovación. En realidad, nada muere. La muerte no es más que aparente. Tan sólo cambia la forma exterior: el principio de la vida, el alma, permanece en su unidad permanente e indestructible. Más allá de la tumba se encuentra en la plenitud de sus facultades, con todas las adquisiciones, luces, virtudes, aspiraciones y potencias con que se ha enriquecido durante sus existencias terrenas. Estos son los bienes imperecederos de que habla el Evangelio, cuando nos dice: «Ni los gusanos ni las polillas los corroen, ni los ladrones los roban.» Son las únicas riquezas que podemos llevarnos y utilizar en la vida futura.
La muerte y la reencarnación que la sigue en un tiempo dado, son dos formas esenciales del progreso. Al romper con los hábitos mezquinos que habíamos contraído, nos colocan en centros diferentes y nos obligan a adaptar nuestro Espíritu a las mil fases del orden social y universal.
Cuando llega la tarde de la vida, cuando nuestra existencia, semejante a la página de un libro va a volverse para hacer lugar en una página blanca, a una página nueva, el sabio consulta su pasado y pasa revista a sus actos. Feliz aquel que cuando llega esa hora puede decirse: Mis días han sido bien empleados. Feliz aquel que ha aceptado con resignación y sobrellevado con valor las pruebas. Éstas, al triturar su alma, han lanzado fuera toda la hiel y toda la amargura que en ella se encerraban. Al repasar en su pensamiento esta vida difícil, el sabio bendecirá las penalidades sufridas. Estando en paz su conciencia, verá acercarse sin temor el instante de la partida.
Despidámonos de las teorías que hacen de la muerte el conducto de la nada, o el preludio de castigos sin fin. ¡Adiós, lúgubres fantasmas de la teología, dogmas pavorosos, sentencias inexorables, suplicios infernales! ¡Paso a la esperanza! ¡Paso a la eterna vida! ¡No son oscuras tinieblas, luz deslumbradora es lo que sale de las tumbas!
Habéis visto la mariposa de policromadas alas despojarse de su informe crisálida, esa repugnante envoltura de la oruga dentro de la cual el insecto se arrastraba por el suelo? ¿La habéis visto, libre y ligera, revolotear por el aire luminoso en medio del perfume de las flores? No hay imagen más fiel del fenómeno de la muerte. También el hombre es una crisálida que la muerte descompone. El cuerpo humano, vestidura de carne, vuelve al gran muladar; nuestro mísero despojo vuelve al laboratorio de la naturaleza; mas el Espíritu, después de cumplida su obra, se lanza a una vida más elevada, a la vida espiritual que sucede a la vida corporal como el día sucede a la noche, y separa cada una de nuestras encarnaciones.
Penetrados de estas ideas ya no temeremos la muerte. Como nuestros padres, los galos, osaremos mirarla frente a frente sin terror. No más miedo, no más lágrimas, no más aparato siniestro ni tétricos cánticos. Nuestros funerales se convertirán en una fiesta en la cual celebraremos la libertad del alma y su regreso a la verdadera patria.
La muerte es la gran reveladora. En las horas de prueba, cuando todo se oscurece en torno nuestro, nos hemos preguntado a veces: ¿Por qué he nacido? ¿Por qué no he permanecido en la noche profunda, allí donde no se siente, donde no se padece, donde se duerme con eterno sueño? Y en aquellas horas de duda y de angustia, una voz se elevaba y llegaba hasta nosotros diciéndonos: Sufre para engrandecerte y purificarte. Sabe que tu destino es grande. Esta tierra fría no será tu sepulcro. Los mundos que brillan en los cielos son tus futuras moradas, la herencia que Dios te reserva. Eres para siempre ciudadano del Universo, perteneces a los siglos pasados como a los venideros, y a la hora presente estás preparando tu elevación.
Soporta con calma los males que tú mismo has elegido. Siembra en el dolor y en las lágrimas el grano que brotará en tus próximas vidas. Siembra también para los demás como otros han sembrado para ti. Ser inmortal, avanza con paso firme por el escarpado sendero hacia las alturas desde donde el porvenir te aparecerá sin velo. La subida es áspera, frecuentemente inundará tu rostro el sudor, pero desde la cumbre verás despuntar la gran claridad y verás remontar en el horizonte el sol de verdad y de justicia.
La voz que nos habla así es la de los muertos, la de las almas queridas que nos han precedido en el país de la verdadera vida. Lejos de dormir debajo de la losa, velan por nosotros. Desde el fondo de lo invisible, nos miran y nos sonríen. ¡Adorable y divino misterio!, comunican con nosotros. Ellas nos dicen: Ya no más dudas estériles, trabajad y amad. Un día, cuando hayáis terminado vuestra tarea, la muerte nos reunirá.
Léon Denis – Después de la Muerte