Las Guerras

La tremenda lucha entre naciones y razas y las convulsiones que vive el mundo plantean los problemas más graves. Ante el gran drama que se presenta, la inquieta mente humana se hace mil preguntas. Y hay momentos en que la duda, la ansiedad y el pesimismo abruman a las mentes más decididas. ¿Es el progreso sólo una ilusión? ¿Se hundirá la civilización en la marea creciente de las pasiones brutales? ¿Serán vanos los esfuerzos seculares por la justicia, la solidaridad y la paz en la armonía social? ¿Serán devastadas en la tormenta las ideas del arte y el genio del hombre, frutos del duro e inmenso trabajo de millones de mentes y de pobres?
El pensador espiritual explora este abismo del mal sin sentir vértigo. Del caos de los acontecimientos extrae la gran ley que lo rige todo. Sobre todo, recuerda que nuestro planeta es una morada muy subordinada, un laboratorio en el que se esbozan las almas aún jóvenes con sus aspiraciones confusas y sus pasiones desorganizadas.
El sentido profundo de la vida aparece al pensador espírita con las duras necesidades que le son inherentes: Se trata de la realización de las cualidades y poderes que reposan en el interior de cada ser. Las lágrimas, los miedos y los desgarros son necesarios para que salgan a la luz las energías que duermen sin saberlo y en silencio en la oscuridad del alma. No puede haber grandeza sin sufrimiento, ni exaltación sin pruebas.
Si el hombre en la tierra estuviera libre de las vicisitudes del destino, sin las duras lecciones de la adversidad, ¿podría templar su carácter, desarrollar su experiencia, apreciar las riquezas ocultas de su alma? Puesto que el mal es un destino en nuestro mundo, ¿no hay responsabilidad para los malvados? Creer que no la hay sería un error fatal: en su ignorancia y ceguera, el hombre siembra el mal, y las consecuencias de ello pesan sobre sí mismo y sobre todos los que participan en sus maldades. Tal como está sucediendo en esta hora.
Pero (todo espírita lo sabe), la muerte es sólo una apariencia: cuando el alma se desprende de su envoltura material, recibe una fuerza mayor, una percepción más justa de las cosas, y el ser se encuentra aún más vivo en el más allá. El dolor purifica la mente, ningún dolor se pierde, ninguna prueba queda sin compensación. Los que han muerto por su patria recogen los frutos de su sacrificio, y los sufrimientos de los que han sobrevivido transmiten a su periespíritu trazas de luz y gérmenes de dicha futura.
En cuanto al progreso moral, es lento y apenas perceptible en la Tierra, pues la población mundial crece constantemente con seres que proceden de mundos inferiores al nuestro. Y los espíritus que avanzan entre nosotros hasta cierto grado pueden evolucionar con provecho hacia mejores humanidades. En consecuencia, el nivel general apenas varía y las cualidades morales del individuo permanecen raras y ocultas.
En los mundos más desarrollados, entre las humanidades más elevadas que la nuestra, las catástrofes ya no tienen derecho a existir. La guerra no existe allí, pues la sabiduría del espíritu ha puesto fin a toda causa de conflicto. Los que moran en las esferas audaces, iluminados por las verdades eternas y poseedores de los poderes de la mente y del corazón, ya no necesitan esos terribles estimulantes para despertar y cultivar los tesoros ocultos del alma. En la gran escala de la evolución, las causas del dolor disminuyen con la elevación del espíritu, pues se vuelven cada vez menos necesarias para una ascensión de libre funcionamiento en medio de la paz y la luz.
El sufrimiento es el gran educador, tanto de los individuos como de las naciones. Cuando unos y otros se desvían del camino recto y se deslizan hacia la sensualidad y la decadencia moral, el sufrimiento los devuelve a la senda del bien con su aguijón. Debemos sufrir para desarrollar en nosotros la sensibilidad y la vida. Esta es una ley seria y estricta que es fructífera en sus resultados. Hay que sufrir para sentir y amar, para crecer y ascender. Sólo el dolor pone fin a la cólera de la pasión, despierta en nosotros pensamientos profundos, revela a las almas las cosas más grandes, más bellas y más nobles del universo: la piedad, el amor y la bondad…