• La oración, cuando hecha con el corazón, es siempre agradable a Dios.

• La oración debe ser secreta, no es necesario que sea larga y debe ser precedida del acto del perdón.

• La oración no puede ser pagada, porque “es un acto de caridad, un lance del corazón”.

• El esencial no es orar mucho, pero orar bien.

• La oración debe ser espontánea, objetiva, llena de sentimientos elevados, que necesitan ser cultivados siempre.

• La forma de la oración nada vale, pero sí el contenido.

• La actitud de aquél que ora es íntima, eminentemente espiritual. Actitudes convencionales, posición externa y rituales son vestiduras dispensables al acto de orar.

• La oración debe traducir lo que realmente estamos sintiendo, pensando y queriendo en aquel momento, de una manera precisa, sin que eso constituya una repetición de termos que, en la mayoría de las veces, son ininteligibles para quien los profiere.

• La oración torna mejor el hombre, porque aquél que ora con fervor y confianza se hace más fuerte contra las tentaciones del mal y Dios le envía buenos Espíritus para asistirlo.

• Podemos pedir a Dios que nos perdone las faltas, pero sólo obtendremos el perdón cambiando la manera de proceder, pues las buenas acciones son la mejor oración y los actos valen más que las palabras.

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