¿Dónde está la Muerte?

Hoy vamos a desentrañar algo que, de alguna manera, traumatiza a la mayoría de los seres humanos, cuando se trata de algo tan natural como la propia vida, me estoy refiriendo a la muerte. Y yo, os voy a trasladar una pregunta, que da título al escrito de hoy: ¿dónde está la muerte?
El hombre de este tiempo, tan materializado y ausente de todo lo que sustentaría su vida, en la viva realidad de lo trascendente y espiritual, sigue empeñado en aferrarse a costumbres, a sentimientos fuertemente arraigados hacia tradiciones ancestrales que, a unos les atan profundamente a pasados remotos, y a otros, por exigencia de las pautas que nos marca la sociedad actual, prefieren, como ellos mismos dicen: seguirles la corriente, a pararse y afrontar el problema que sería el tomar las cosas tal cual son en verdad, llamándolas por su nombre.
El ser humano de este siglo XXI, se siente orgulloso de todo cuanto ha conseguido, en los distintos campos que marcan los parámetros de la evolución en nuestro planeta, pero esto es algo que, al fin de cuentas, de una forma o de otra, va a quedar sobre la tierra; sin embargo, siendo capaz de aventurarse y de correr grandes riesgos en todos esos campos, incluso en sus salidas al espacio exterior, ha sido incapaz siquiera, de molestarse en explorar y conquistar su propio interior; pues pocos son, a estas alturas, los que de verdad les interesa profun-dizar en sí mismos, porque prefieren –dicen- no calentarse la cabeza, ¿para qué?, si al final todos nos tenemos que morir.
Esto lo dicen los ignorantes del conocimiento espiritual, pues si meditaran solo un poquito, se darían cuenta de que, si alguna muerte existe, es la que está sufriendo su propio espíritu, por negarle la oportunidad en ésta vida al progreso y ascenso espiritual; porque éste, al contrario de las cosas del mundo, no queda en la tierra, sino que evoluciona y vive eternamente, dejando tan sólo los lastres kármicos arrastrados de vidas pasadas.
Cada año, el mundo rinde su culto a la muerte. Fijaos bien, a la muerte y no a la vida; resulta un poco absurdo ¿no? Si tenemos conciencia de que mientras estemos en el mundo físico estamos vivos y tras la pérdida del cuerpo material seguimos vivos, ¿en qué lugar encajamos a la temida muerte?
En nuestros días, esta se ha convertido en un negocio más de los necios de nuestro mundo, de los negadores de la vida y de los que se creen con derecho a manipular cuanto les rodea. Es cierto que el alejamiento de un ser querido nos causa tristeza, y a veces, por el desconocimiento de las Leyes que Dios, en su amor de Padre, dejó establecidas en nuestro mundo a través de Jesús, causan desesperación y trágica amargura. Es por eso que expresé al principio que, si el hombre hiciera hincapié y profundizara en sí mismo, encontraría respuesta a cuantas cuestiones le desorientan, y le hacen sentir que está perdido.
Es tiempo de despertar a la luz, tomando conciencia del auténtico amor que podemos sentir y transmitir hacia el ser amado que se nos va, ¿Que como se hace? Se preguntan muchos, sencillo, pidiendo por su elevación a través de nuestra mente, con los mejores pensamientos y sentimientos hacia su espíritu, nunca, a través de rezos de rosarios, misas funestas, velas y flores, ni todas esas parafernalias de índole material que, lejos de aportarle un beneficio, lo único que hacen es potenciar cuanto de aferramiento tenía por las cosas del mundo, acrecen-tando su sufrimiento al no poderlas tener y sentir.
También hay que pensar que esa separación -que no muerte-, está limitada por un tiempo más o menos largo, ya que Dios en su justicia, nos hizo inquilinos de un mundo que absolutamente todos, unos antes y otros después, hemos de dejar. Todo esto, quedó plasmado -por los siglos- en las palabras del Maestro Jesús: “Mi reino no es de este mundo”. Y el nuestro tampoco, no lo olvidéis, todos estamos de paso.
Dejemos las romerías de los cementerios, donde quedarán por siempre, los restos del vehículo que nos facilitó el progreso, de lo que realmente importa, nuestro espíritu. Abramos nuestra alma abrazándonos a Dios que es el culmen de la Vida, olvidando las muertes que sufrimos cada día, por las vicisitudes y pruebas a superar en este triste y caduco mundo -porque el hombre lo quiso así- y hagamos resurgir a nuestro espíritu, a la auténtica y verdadera luz para la que fue creado, la vida eterna.
Antonio Hernández Lozano