¿Cómo lograremos ser bienaventurados?

Y viendo Jesús a la gran multitud, subió el monte y después de sentarse llegaron hasta Él sus discípulos y Él les enseñaba diciendo:
1. «Bienaventurados los pobres de Espíritu; porque de ellos es el Reino de los Cielos». El Reino de los Cielos es de los pobres de Espíritus, porque Dios no quiere a los orgullosos. El ser orgullosos implica arrogancia, vanidad y exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas; tal proceder nos dificulta llegar al Padre. Por tal motivo, Jesús llama pobres de Espíritus a todos los que no tienen orgullo.
2. «Bienaventurados los mansos; porque ellos poseerán la Tierra». El ser manso equivale a ser afable, benévolo, piadoso, dócil y apacible; en contraposición, el ser violento implica tener un genio arrebatado o impetuoso, dejándose llevar fácilmente por la ira. Sabemos que los violentos tendrán que encarnar en mundos inferiores hasta que se vuelvan mansos; por eso, desechemos cualquier rasgo violento. No olvidemos que poco a poco los malos serán expulsados de la Tierra y aquí solo encarnarán los buenos.
3. «Bienaventurados los que lloran; porque ellos serán consolados». La Tierra es un mundo de expiaciones y pruebas, por eso hay tanto sufrimiento. En este sentido, los que sufren, aguantan, toleran o soportan sus pruebas; corrigen con su dolor, su pena, congoja o aflicción, los errores del pasado. Los que enmiendan sus errores satisfacen a la justicia divina. Por tanto no perdamos de vista que cuando nos libremos de nuestros errores, dejaremos de sufrir y recibiremos suaves consolaciones en el mundo espiritual. No en vano Jesús dijo que los que lloran serán consolados.
4. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia; porque ellos serán hartos». La justicia divina es inconmovible. En el momento oportuno compensa a los justos o inocentes, a los sencillos y a los que no dañan a los demás; sin embargo castiga a los culpables o a los que deliberadamente perjudican a otros. Por eso, Jesús dijo que el Padre tomará en cuenta a todos los que piden justicia y rectitud, y de esa manera serán satisfechos plenamente sus deseos de que reine el bien.
5. «Bienaventurados los misericordiosos; porque ellos alcanzarán la misericordia». Los misericordiosos son felices porque usan la misericordia para con su prójimo. Quien trata a su prójimo con misericordia se conmueve de los trabajos, miserias y adversidades que sufren éstos. Por ello, si deseamos alcanzar la misericordia divina, mostremos fraternidad y caridad para con todos.
6. «Bienaventurados los limpios de corazón; porque ellos verán a Dios». Sabemos que Dios es un espíritu puro. Para ver a Dios es necesario ser nosotros también puros, honestos y estar libres y exentos de imperfecciones morales. Estamos conscientes que tal condición la alcanzaremos si seguimos estudiando y practicando las enseñanzas divinas, lo cual implicará con el tiempo nuestro progreso espiritual y moral; sólo de esta forma el Padre nos considerará personas de corazón limpio y puro.
7. «Bienaventurados los pacíficos; porque ellos serán llamados Hijos de Dios». Pacíficos son aquellos que no perjudican a nadie ni con palabras ni con acciones, son serenos y no provocan luchas, ni discordias. Cuando el espirita trabaja por la paz y tranquilidad de su entorno, se convierte en una persona feliz porque convive en total armonía con otros; y en vista de tal proceder, Jesús lo considerará un verdadero hijo de Dios.