Alianza con Dios

Solo el hombre qué en bravura, cual peregrino en el tiempo, se afianza en el portento de buscar su salvación, se abraza fuerte a mi Dios y calma su calentura, siendo tierna criatura entre sus brazos de amor.
De noches y amaneceres, prolija quedó su alma, buscando siempre en la calma, un motivo que aportara nueva ilusión a su vida, como puerta de salida, que en la sinrazón sintiera, en una absurda quimera que le hacía sangrar su herida.
Alcanzando así en el tiempo, pese a los tristes pesares, entre pruebas y avatares adquirió el conocimiento, redimiendo así el tormento que vivió en sus soledades, por las que llenó, cual mares, de lágrimas y lamentos.
Pobre se hace el ser humano cuando vive en la ignorancia, dándole al mundo prestancia sin hacer caso a su hermano; cuando este tiende sus manos buscando en él la alianza, en esa interna añoranza de un parentesco lejano.
Pero nueva amanecida le espera en la Gloria cierta, haciendo de su alma “muerta”, que resurgiera a la vida, por un amor sin medida, que solo en Dios conociera. Luchó y levantó bandera contra viento y tempestades, se hizo siembra en mil lugares, “hijo de Dios”, se erigiera, no hallando jamás frontera que deshiciera sus planes.
Y el Cielo le hizo llegar, por demás su gran ayuda, forjando así la ventura en un consentido amar; siendo sin mesura el dar cuanto de Dios recibía, sembrando paz y alegría a cuantos conseguía hablar. Y a sus almas encauzar, logrando de noche y día, que en una dulce armonía compartieran la Verdad.
Más llegando un día a su fin, fue su materia postrada, pues ya ni aliento quedaba que le alentara a seguir. Y el portento se hizo allí, por ese amor que sintiera, y Dios su casa le abriera para su eterno vivir.
Teresa de Jesús
Psicografiado por Antonio Hernández Lozano