Inmigración y emigración de los espíritus

En el tiempo que transcurre entre sus existencias físicas, los espíritus se encuentran en un estado de impermanencia y forman la población espiritual del entorno del globo. A través de la muerte y el nacimiento, las dos poblaciones se entremezclan incesantemente. Por lo tanto, hay emigraciones diarias del mundo físico al mundo espiritual e inmigraciones del mundo espiritual al mundo físico: éste es el estado normal de las cosas.
En ciertas épocas, reguladas por la sabiduría divina, estas emigraciones e inmigraciones se producen en mayor o menor número como consecuencia de las grandes conmociones que provocan su partida simultánea en inmensas cantidades, que son inmediatamente reemplazadas por un número correspondiente de encarnaciones. Los flagelos destructivos y las catástrofes deben, pues, considerarse como ocasiones de afluencias y salidas colectivas, como medios providenciales de renovación de la población física del globo, que se ve reforzada por la introducción de elementos espirituales nuevos y purificados. Aunque en estas catástrofes se destruya un gran número de cuerpos, no son más que vestiduras rasgadas, pues ningún espíritu perece; apenas cambian de ambiente. La única diferencia es que no parten individualmente, sino en gran número, pues por una u otra razón deben partir tarde o temprano.
Las renovaciones rápidas, casi instantáneas, que se producen en el elemento espiritual de la población a consecuencia de los azotes destructores, aceleran el progreso social; si no fuera por las emigraciones e inmigraciones que vienen de vez en cuando a darle un impulso violento, este progreso sólo se realizaría con extrema lentitud.
Conviene observar que las grandes catástrofes que diezman a los pueblos van siempre seguidas de una época de progreso en el orden físico, intelectual o moral y, por consiguiente, en la condición social de las naciones en que se producen. Ello se debe a que tienen por objeto provocar un cambio en la población espiritual, que es la población normal y activa del globo.
La transfusión que tiene lugar entre las poblaciones encarnadas y desencarnadas de un mismo globo también se produce entre mundos, ya sea individualmente en condiciones normales o a escala masiva en circunstancias especiales. Hay, pues, emigraciones e inmigraciones colectivas de un mundo a otro, que conducen a la introducción de elementos completamente nuevos en la población de un globo. Las nuevas razas de espíritus que se mezclan con las ya existentes forman nuevas razas humanas. Como los espíritus nunca pierden lo que han conquistado, llevan consigo la inteligencia y la intuición de los conocimientos que poseen, moldeando así su carácter en la raza física que van a animar. Para ello, no necesitan nuevos cuerpos creados exclusivamente para ellos. La especie corpórea existe, por lo que siempre encontrarán cuerpos dispuestos a recibirlos. Por tanto, apenas son nuevos habitantes. Cuando llegan a la Tierra, primero integran a la población espiritual y luego se encarnan como los demás.