Al final del camino

Hasta donde me alcanza la memoria, siempre me sentí muy enternecido ante la presencia de las personas mayores, de los ancianos; gentes de toda índole que ya, casi en el ocaso de sus vidas, cuando su cuerpo se doblega y el esfuerzo solo anima la última llama de la efímera existencia física, suelen, casi generalmente, abstraerse del mundo y envolverse en el sutil velo de los recuerdos; ese que el tiempo y el propio destino, se encargó de tejer a su medida, con mil historias que tantas veces, nos muestran en sus ajados rostros las huellas con las que fueron escritas. Unas, de añorada felicidad y otras, arrinconadas en el olvido, como las páginas de un viejo calendario, versado en el dolor o la soledad. Estas, son las que dejaron los surcos más profundos en lo íntimo de su corazón, donde aún permanecen semienterradas sus cicatrices.
Solo muy de cuando en cuando, desde la profundidad de sus miradas, se asoma una luz pequeñita, como si en el cristalino se reflejara una estrella muy brillante, apenas empañada por las lágrimas que la emoción del recuerdo, quisiera hacer florecer, cual nueva primavera, diciendo: ¿Sabes?, no siempre fue así, yo también fui joven y tuve hermosos momentos en mi vida. Si supieras como he amado…, cuanto me han amado. Ofreciendo, con esa limpia mirada, la oportunidad de descifrar la clave de sus secretos, de los más hermosos secretos, aquellos que se guardan como un amante fiel, el corazón.
Hoy, he meditado sobre el esplendor y la decadencia de ese último ocaso, mirándolo, como a una puerta obligada, por la que hemos de pasar casi todos los seres humanos, como preámbulo de un viaje definitivo, de un rotundo adiós -por no sé cuánto tiempo-, a este mundo, para ingresar en el otro, en el desconocido. Ese, tan temido para muchos, por sus equívocas convicciones religiosas o, el que resulta tan familiar y conocido para otros tantos, también, por sus convicciones religiosas. Donde cada cual, descubre las miserias y los fracasos de su vida en la Tierra, pero también las verdaderas victorias, conseguidas por el esfuerzo de su espíritu.
Allí, donde nadie les tacha, ni les tasa el valor del trabajo realizado. Solo ellos mismos, se convierten en sus propios jueces, diciendo sí o no a lo bueno o a lo malo de la vida, de sus vidas, porque allí, también descubrirán que han venido más de una vez en cuerpo físico, comprendiendo el verdadero sentido de volver una y otra vez a este mundo, pasado quizá un tiempo no muy largo.
Son tantas y tantas cosas para agradecer a Dios que, cuando encima se descubre que Él no castiga a sus hijos, ni les tiene preparado ningún infierno eterno, se comprende verdaderamente el gran Padre de amor y de misericordia que es para todos.
Hay quien no alcanza la última etapa de la vida, porque su destino, trenzado de mil facetas a descubrir en el día a día, puso la fecha del adiós sin avisar. Otros, llegan a la meta tan desolados y tristes que, hasta desean el abrazo de la muerte como remisión a su dolorido y cansado corazón; pero también los hay que, llenos aún de esperanza, se aferran y la sostienen con dignidad y alegría, esperando, mientras apuran el último sorbo de la vida, dejar en todos aquellos familiares y amigos, que les rodean y aman, una semilla pequeñita, de cuanto han aprendido durante sus largos años en esta difícil escuela de la vida.
Pido a Dios que bendiga a sus espíritus, para que vuelen rápido a lo Alto, para que despierten a la luz de un mundo, verdadero hogar para todos, donde el dolor y la miseria por la que hayan pasado no les vuelva a alcanzar jamás.
Antonio Hernández Lozano 14-6-2020