Somos imperfectos, ¡pero no inútiles!

“Medita estas cosas; ocúpate de ellas, para que tu progreso sea manifiesto a todos.” Pablo. (1 Timoteo 4:15).
En cualquier grupo de personas, siempre encontramos compañeros de camino evolutivo que se consideran incapaces o incluso inútiles, porque se sienten muy inferiores y, por ello, se declaran inhabilitados para servir en la obra del bien. Olvidan que necesitan invertir esfuerzo en el perfeccionamiento de sus cualidades para desarrollar los mismos talentos de aquellos que alcanzaron la alegría de la realización, tras afrontar luchas y experiencias duras y dolorosas en el trabajo de iniciación. Sabemos que todos tenemos deberes que cumplir en la tarea del bien y que, cuanto antes, debemos ocupar nuestro lugar en el taller consagrado al servicio, dedicando nuestro esfuerzo y nuestro tiempo a la cooperación que podamos ofrecer, por insignificante que nos parezca. Por eso, preséntate en el campo de las buenas obras y comienza, ahora mismo, haciendo algo en favor de alguien. El bien común es una obra que pertenece a todos, porque no solo los demás necesitan trabajar; también nosotros necesitamos aprender a construir nuestro propio porvenir, que será bueno o malo según la solidez o fragilidad de la obra que levantemos al cumplir los nobles compromisos que asumimos en nuestra presente reencarnación.
“Dices que estás impedido de practicar el bien; sin embargo, multitudes de personas postradas en los lechos de la enfermedad te ofrecerían bolsas repletas de riquezas por el sencillo recurso de locomoción con el que te desplazas, para poder ejercitarse ayudando a los demás. Dices que estás desanimado, sin recordar que extensas filas de personas mutiladas estarían dispuestas a pagar el más alto precio por la riqueza de tus pies y la bendición de tus brazos. Dices que estás pasando por una prueba, pero olvidas que, en las tristes celdas de los hospitales psiquiátricos, innumerables sufrientes entregarían cuanto poseen para recibir un poco del equilibrio y la lucidez que tú disfrutas. Dices que no puedes ayudar con la luz de la palabra; sin embargo, incontables personas mudas harían enormes sacrificios por disponer del don del habla clara que vibra en tu boca. Dices que estás desamparado; no obstante, millones de criaturas darían todo cuanto poseen en la vida por tener un cuerpo armonioso como el tuyo y así poder socorrer a los hijos de la expiación y del sufrimiento. Por quien eres, no redactes un certificado de incapacidad contra ti mismo. Recuerda que una sonrisa de confianza, una oración llena de ternura, una frase de aliento, un gesto de solidaridad y un minuto de paz no tienen precio en la Tierra.” (Francisco Cândido Xavier, por el Espíritu Emmanuel, Religión de los Espíritus, cap. 13, «Dices…», reunión pública del 23 de febrero de 1959).
Siendo la Tierra un planeta de expiaciones y pruebas, aquí no existe nadie que pueda considerarse perfecto. Aún somos imperfectos, pero podemos ser útiles para atender las necesidades del mundo en que habitamos. No es aconsejable que nadie ostente virtudes que todavía no posee ni intente exhibir talentos que aún está lejos de conquistar. Sin embargo, tampoco existe alguien que no tenga nada que ofrecer, ni alguien que no necesite nada de los demás.
Reflexionemos sobre ello.
Francisco Rebouças